Suba y Kennedy fueron los puntos de apoyo; la cadena llegaba desde Meta y Santander.

La puerta se abre apenas unos centímetros. “¿El pedido?” La escena, repetida durante meses según la investigación, aparece en los informes: un “delivery” silencioso, un sobre sellado, un pago en efectivo. Cocaína de alta pureza, dicen los peritos. El norte de Bogotá fue el escenario y dos familias —con roles definidos—, los supuestos autores. 33 capturados después, la historia se está contando en estrados. 

En los apartamentos de Suba (Colina Campestre) y Kennedy (Villa Alsacia), hallaron libretas, dosis, teléfonos. Los agentes llegaron de madrugada; algunas ventanas tenían vista a parques y porterías impecables. La investigación ubica contactos en Meta y Santander. Entre los detenidos, un ex-CTI que habría conocido cómo evitar miradas incómodas. 

El relato fiscal habla de dos clanes: uno que dosificaba y hacía acopio; otro que vendía y entregaba. En la agenda, alias, franjas horarias, nombres en clave. Un negocio de susurros y señales, donde el ruido era el enemigo. 

Las fiestas fueron, según el expediente, el escenario perfecto: música alta, luces bajas, un flujo constante de efectivo difícil de seguir. Allí, dicen, el dinero se lavaba aparentando gastos de diversión. 

El ex-CTI detenido es uno de los giros dramáticos del caso. Su defensa lo niega todo; los investigadores creen que su conocimiento permitió prever controles. En los audios, presuntamente, se habla de “quietud” y “alertas”. 

La Policía Antinarcóticos describe una cadena que nace lejos y termina discreta: de Meta y Santander a edificios con ascensores espejados y zonas comunes silenciosas. No hubo campaneros en esquina; hubo porteros y listas de visitantes. 

La audiencia avanzó con un juzgado de control de garantías; la jueza legalizó capturas y la Fiscalía imputó concierto para delinquir, tráfico y lavado. Afuera, familiares esperan con bolsas y abrigos; adentro, los términos legales cierran los vacíos del relato. 

En los allanamientos, los agentes enumeran: sobres, empaques, registros, tarjetas SIM. “Aquí está el corazón”, dice uno en el informe, señalando una libreta con columnas prolijas: fechas, montos, alias. 

Algunos vecinos no sabían; otros “intuían” pero no querían problemas. Lo que sí sabían era que por las noches llegaban vehículos de alta gama que no se quedaban. 

El expediente habla de rutinas perfectas: tiempos cortos, números desechables, entregas sin saludos. Un sistema que solo falla cuando alguien escucha de más. 

Y alguien escuchó: interceptaciones, seguimientos, cruces de datos. El resto lo hizo la paciencia. 

La Fiscalía sostiene que perseguir la ruta del dinero será clave. Antinarcóticos advierte que el microtráfico selectivo crece con clientes que pagan más por no exponerse. La respuesta, dicen, exige investigación patrimonial y análisis digital. 

Las familias apelarán; las defensas insisten en la inocencia y en presuntas falencias probatorias. De momento, los 33 siguen en el proceso, a la espera de decisiones sobre medidas de aseguramiento.

La crónica de estos dos clanes es la de un mercado que se esconde a plena luz: portones, chats y música. Ahora, la historia cambia de escenario: los estrados. Allí se sabrá cuánto de esta versión resiste la prueba.

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