Familia, amigos y universidad, entre el duelo y el reclamo de justicia.
En el video hay ruido de calle y luces que titilan. Dos figuras se acercan y, en segundos, todo cambia de color. Jaime Esteban Moreno, 20 años, estudiante de séptimo semestre en Los Andes, cae al suelo tras una seguidilla de golpes que lo dejan sin respuesta. Un amigo intenta reanimarlo. La cámara impasible registra la impotencia.
Horas después, en el Hospital Simón Bolívar, la medicina pelea por traerlo de vuelta. El diagnóstico es contundente: trauma craneoencefálico severo. La noticia de su muerte corre primero entre chats de compañeros, luego salta a titulares. El dolor ocupa los pasillos de la universidad.
La familia lo recuerda aplicado, solidario, apasionado por el ajedrez. La universidad convoca al silencio y ofrece acompañamiento. En redes, extraños dejan mensajes que se parecen al consuelo. Todos repiten la misma palabra: justicia.
La justicia, por su parte, abre paso: un hombre es capturado e imputado por homicidio agravado; otro, identificado por medios, está prófugo. En sala, la Fiscalía habla de desprecio por la vida; el juez escucha, suspende y reanuda. Afuera, la ciudad se pregunta dónde estaban los límites que esa noche se rompieron.

*Imágen de referencia
El video, ese que nadie quiere ver y que todos terminan viendo, ordena la escena con frialdad, hay golpes, hay roles, hay tiempos. Convertir esa secuencia en verdad judicial es tarea de peritos, fiscales y jueces. Convertirla en aprendizaje ciudadano es tarea de todos.
La conversación no es solo sobre culpables; es sobre prevención: cierres seguros, salidas acompañadas, patrullajes visibles, puertas que no se cierran en caliente. La noche de Bogotá necesita rutinas que cuiden.
También es sobre convivencia. Una palabra lanzada a destiempo, un empujón, una escalada. Si un barrio aprende a desactivar la chispa, un joven llega a casa. Si una ciudad no lo hace, repite sus tragedias.
En medio del duelo, queda la imagen de Jaime Esteban en el campus. Allí, donde la vida universitaria suele ser un ruido alegre, hoy se escucha el silencio. Ese silencio también empuja para que el caso avance sin atajos.
Vendrán más audiencias, más pruebas, más palabras técnicas. Que no se olvide lo esencial: una familia espera respuestas y un país universitario pide garantías.
La cámara ya habló. Falta que hable la justicia, y que hablemos como sociedad.
