Familias sin techo buscan refugio entre escuelas y gimnasios.
El viento llegó como un tren y, antes de entenderlo, las tejas salieron disparadas. En Río Bonito do Iguaçu, una madre abrazó a sus hijos en el pasillo, la única pared que parecía firme. Afuera, el rugido. Adentro, la plegaria. Minutos después, silencio y polvo.
Cuando amanece, la ciudad cuenta ausencias. Los bomberos recorren manzanas hundidas en láminas y madera, y marcan con pintura las casas revisadas. En la escuela del barrio, voluntarios reparten agua y comida. Un vecino presta su camioneta para trasladar a una abuela herida.
El hospital de Laranjeiras do Sul colma pasillos. Médicos y enfermeras acomodan camillas, improvisan salas y coordinan traslados. Una joven sale de cirugía; a pocos metros, un padre pregunta por su hija adolescente.
El gobernador recorre la zona: promete ayuda y luto oficial. Desde Brasilia anuncian recursos y puentes aéreos con insumos. La defensa civil lista refugios: el gimnasio, la parroquia, la escuela 3. A falta de luz, los celulares iluminan padrones con nombres y alojamientos.
Ingenieros revisan estructuras, postes retorcidos, cables caídos. El supermercado del barrio ya no existe; el surtidor yace en el suelo. Algunos comerciantes rescatan mercadería útil para las ollas comunes. La solidaridad se abre paso entre los restos.
En redes circulan videos del embudo. Meteorólogos confirman un F3. En los grupos de mensajería, los vecinos comparten rutas despejadas y piden medicamentos. “Estamos vivos”, escribe una familia; otra busca a su desaparecido.
La tarde trae una fila frente al pabellón donde registran daños: nombre, dirección, número de convivientes, si hay niños o mayores. La reconstrucción empieza en una hoja y en manos que levantan, una por una, las paredes caídas.
Colectivos vecinales exigen alertas audibles y simulacros; técnicos piden normas de anclaje y techumbres reforzadas. La tragedia instala una conversación que no puede aplazarse.
La resiliencia de Río Bonito se mide en abrazos y martillos: la comunidad se organiza, el Estado promete respaldo, y el país se muestra conmovido.
Donde ayer hubo viento, hoy suenan voces. La ciudad comienza a levantarse.
