El indicador cae, pero el campo y algunas ciudades van a otro ritmo.

En avenidas y plazas, el pulso cotidiano del trabajo informal sigue latiendo. Aun así, el país logró un hito: 55% de informalidad en julio–septiembre de 2025, 0,8 puntos menos que un año atrás y 4,2 puntos por debajo de 2021. La tendencia a la baja ya no es un dato aislado.

La definición oficial del DANE recuerda que no se trata solo de ventas en la calle: también incluye asalariados que no cotizan y autónomos en unidades del sector informal. Detrás de cada porcentaje, hay historias de transición hacia esquemas con seguridad social. 

En el rural disperso, la informalidad toca 83,4%; en las grandes ciudades llega a 41,6%. La diferencia se ve en la rutina: mientras en capitales crece la afiliación y los contratos formales, en municipios pequeños la supervivencia depende del oficio independiente. 

Los promedios esconden extremos: Sincelejo (69,1%) y Montería (66,0%) están arriba; Bogotá (33,0%) y Manizales (36,5%) abajo. En unas, priman oficios de baja barrera de entrada; en otras, mercados con empresas que pueden sostener la formalidad.

 En microempresas, casi ocho de cada diez ocupados siguen siendo informales (84,7%), pero en grandes compañías el fenómeno cae a 2,6%. Para quien vende en un puesto móvil, dar el salto supone trámites, costos y aprender nuevas reglas del juego. 

El espejo de género
La informalidad golpea al 57,4% de los hombres y 51,6% de las mujeres. Sectores y jornadas diferentes, barreras compartidas: falta de protección social y exposición a ingresos variables. 

Cuando el ciclo ayuda
Con desocupación alrededor de 8,5% en el trimestre y 8,2% en septiembre, la economía ofreció un respiro; convertirlo en cambio permanente depende de que las nuevas ocupaciones mantengan cotización y estabilidad. 

Transiciones posibles
Donde hay ferias de afiliación, simplificación para crear empresas y espacios regulados de comercio popular, la formalidad avanza. La narrativa de la calle puede cambiar cuando la política pública acompaña y no solo sanciona.

Menos informalidad significa más derechos y mejor productividad. También, más ingresos fiscales y empresas con capacidad de crecer. Pero el reto no termina: la geografía del rebusque exige soluciones de barrio y rutas rurales a medida.

La cifra del 55% no es el punto de llegada: es un umbral. Si el país sostiene el ritmo, más historias de calle se escribirán con recibos de pago y aportes a salud y pensión. 

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