El expediente avanza mientras el perro sigue en recuperación.

“Bizcocho” volvió a mover la cola, aunque con miedo. En Montecristo, al sur de Bolívar, su nombre dejó de ser el de un perro cualquiera para convertirse en símbolo. Un video lo mostró recibiendo latigazos, lanzado al piso y pateado por su propio dueño. La imagen corrió por los chats del pueblo, luego por todo el país.

La Fiscalía escuchó el clamor e imputó a Fernando Alonso Oviedo por lesiones que menoscaban la salud e integridad del animal. El expediente ubica la agresión el 3 de noviembre, en una finca del municipio. De ahí en adelante, peritos y médicos veterinarios intentan desandar el daño: secuelas neurológicas, cambios de conducta, terapias.

Vecinos recuerdan la noche del video: “¿Ya lo vio? Pobre Bizcocho”. Con la denuncia encima, el dueño se presentó ante las autoridades. El perro fue trasladado para valoración y empezó la cadena de exámenes que hoy sostiene la historia clínica del caso.

Lo que para algunos será “solo un perro”, para Montecristo fue una causa común. Voluntarios ofrecieron alimento, traslados y apoyo para cubrir medicamentos. La presión ciudadana empujó a que el expediente no se enfriara y a que el proceso llegará a la sala de audiencias.

La ley, esa que muchos dudaban de que existiera, sí existe: la Ley 1774 convirtió el maltrato animal en delito. Hoy, Colombia puede imputar, condenar y prohibir la tenencia a agresores. El caso de Bizcocho ya no se cuenta solo con lágrimas, sino también con folios y radicados.

Afuera del juzgado, activistas hablan de educación y prevención. Que todos aprendan a reconocer señales de dolor, de estrés, de abuso. Que ningún niño naturalice la violencia contra un ser sintiente. Que el próximo video que se haga viral sea para salvar, no para llorar.

En paralelo, los veterinarios diseñan un plan de rehabilitación: estímulos positivos, paseos cortos, control del entorno. Dicen que tal vez un día “Bizcocho” confíe de nuevo. Que el trauma se puede trabajar, que el miedo cede si el mundo le enseña otras manos.

La historia, por ahora, tiene un punto y seguido: el proceso penal que deberá definir responsabilidades y sanciones. La gente en Montecristo lo sabe y está atenta. Porque detrás de un nombre hay una idea: nunca más.

Colectivos celebraron la imputación como mensaje de tolerancia cero. Piden inhabilidad para tener animales al agresor y que en el caso abra cupos para formación en colegios y barrios.

Expertos en bienestar animal sugieren un modelo integral: sanción, terapia con enfoque restaurativo y una hoja de ruta para adopciones responsables. La justicia, dicen, debe reparar y prevenir.

“Bizcocho” es hoy la prueba viviente de que la denuncia funciona y de que la sociedad puede proteger a los animales. La imputación es un paso; lo que siga definirá el mensaje país. 

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