Vecinos narran el miedo y la confusión tras la detonación cerca del peaje.

A las 2:55 a. m., un golpe seco partió la noche en Tunía. “Fue como un trueno”, dicen vecinos de La María y Los Naranjos, que quedaron a oscuras cuando la onda expansiva tiró cables y postes. En la vía Panamericana, conductores frenaron de golpe. Minutos después llegaron patrullas, linternas y cinta amarilla para sellar el perímetro.

Entre bambúes y matorrales, quedaron las piezas retorcidas de un carro cargado con explosivos. Una persona murió en el sitio. Las autoridades evalúan si era el conductor del vehículo y si el plan era golpear un puesto de control a pocos metros de la carretera. El asfalto amaneció con señales de control: conos, desvíos y uniformados.

La Panamericana —corazón del suroccidente— se movió a paso lento. Los viajeros contaban el susto en voz baja. En la radio se repetía el parte: equipos antiexplosivos, inspecciones y tránsito por un carril mientras se revisaba el área.

Horas antes, el senador Temístocles Ortega denunció que su camioneta fue atacada a tiros cuando viajaba entre Cali y Popayán. El blindaje resistió. “Seis impactos”, dijo. Sobre el mismo corredor, la gente amaneció con la idea fija de que la carretera ya no es solo carretera: es frontera de miedos.

En las veredas, familias revisaron neveras y velas. El apagón dejó a más de uno sentado en silencio, pensando en ir o no al trabajo. Los niños preguntaron por el ruido. Los mayores dijeron que era mejor esperar la luz.

El operativo avanzó con drones, peritos y patrullas. Los investigadores harán cuentas con la hora, el kilómetro, los restos del motor, el tipo de explosivo. La comunidad, en cambio, se queda con preguntas: ¿quién? ¿por qué aquí? ¿cuándo vuelve a pasar?

La Gobernación condenó el ataque y pidió refuerzos. Desde Bogotá, más voces llamaron a cuidar la Panamericana. Transportadores y tenderos pidieron seguridad visible, no solo promesas.

Hacia la tarde, el tráfico volvió a moverse. En las fincas, alguien reparó un cable y la luz regresó. El olor a pólvora bajó con la lluvia. En Tunía, como siempre, la vida sigue, pero con la mirada puesta en la carretera.

El atentado dejó una vida menos y un barrio que dormirá con la radio encendida. Los recorridos nocturnos, de ahora en adelante, cargarán con el recuerdo de esta madrugada.

La Panamericana amaneció herida pero abierta. La gente espera que la siguiente noticia no sea otra sirena.

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