El gesto de Uribe encendió conversaciones entre campañas.
En el Movistar Arena, las luces azules dibujaban una piel brillante sobre el coliseo. Abelardo De la Espriella habló de unidad y método; propuso una encuesta nacional para escoger un candidato único antes del 10 de diciembre. Afuera, el rumor de la calle repetía lo mismo: sin orden no hay victoria.
Horas después, el tuit de Miguel Uribe resumió el clima: felicitó la “generosidad” de quien, dijo, busca la unión de todos los colombianos. No fue un discurso técnico; fue una señal emocional en una campaña que empieza a medirse por la capacidad de juntar, más que de dividir.
En pasillos y chats de estrategas, la conversación giró al cómo. ¿Una medición única? ¿Auditoría? ¿Quién entra? El 10D no es una cifra cualquiera: es un límite mental para cerrar filas y salir a la cancha con los roles claros.
Entre militantes uribistas, el mensaje de Uribe se leyó como un llamado a bajar el tono y pensar en mayorías. Otros pidieron primarias abiertas. En todo caso, la foto del día fue la de un aplauso público a la idea de competir y acatar.
Mientras la izquierda ajusta su libreto y perfila nombres como Iván Cepeda, la oposición se mira al espejo. ¿Puede una encuesta curar la fragmentación? Dependerá de la confianza que inspire el proceso.
No es sólo el quién; es el para qué. Seguridad, empleo y costo de vida son las preguntas que esperan respuesta. La unidad sin propuesta dura más que un trending topic.
Si hay humo blanco antes del 10D, empezará otra historia: diseño de equipo, sumatoria de apoyos y prueba de campo. Si no lo hay, volverán los caminos paralelos y las apuestas de última hora.
En redes, activistas de base pidieron “unidad sin exclusiones”; algunos líderes regionales ofrecieron logística para puntos de recolección muestral si la encuesta se materializa. Otros insistieron en un debate público de metodología para evitar suspicacias.
Consultores coinciden: un acuerdo escrito previo —aceptar el resultado y apoyar al ganador— será tan importante como la cifra final. Sin ese compromiso, cualquier foto de unidad se puede desvanecer.
A veces un tuit ordena una semana de campaña. El gesto ya produjo conversaciones. Falta lo más difícil: convertir la intención en institución.
