“Se ha disminuido el apoyo”: la frase que encendió el debate.
En Santiago de Chile, Rigoberto Urán sonríe, saluda, graba videos y vende ilusión: el Giro de Rigo cruzará fronteras. Pero cuando le preguntan por Colombia, cambia el gesto: “Desde el gobierno se ha disminuido el apoyo… y eso limita las posibilidades de tener eventos y más ciclistas afuera”. Lo dice con la franqueza de quien vio el auge y ahora teme el retroceso.
Su voz pesa. No es solo nostalgia: el Tour Colombia volvió en 2024 y se suspendió en 2025 y 2026. Para miles, fue la carrera que puso al país en el mapa de febrero, una fiesta en carretera. Hoy, está en pausa. Urán lo lamenta: “Fue una competencia muy linda”, repite, como quien se despide de un amigo.
También duele el recambio: menciona a Buitrago, Higuita, Martínez, pero admite que no alcanza. “Fue un año regular”, concede. Sin calendario fuerte, los jóvenes corren menos, viajan menos, aprenden menos. En el ciclismo, el tiempo de carrera no se sustituye con discursos.
Paradójicamente, su proyecto personal no frena. El Giro de Rigo ya mueve ~$8.800 millones por edición y ahora busca sede en Cali, con el alcalde Alejandro Éder pugnando en un video para que 2026 sea allí, frente a la competencia de Barranquilla y Medellín. La mística de Rigo convoca; el país, mientras, debate cómo financiar el deporte.
En la cuneta quedan los aficionados, los hoteleros que contaban con temporada y los niños que persiguen a sus ídolos desde las barandas. Un calendario en pausa no solo se mide en medallas: también en historias que no ocurren, en buses que no salen, en pueblos que no escuchan la caravana.
Urán pide menos que un milagro y más que un gesto: compromisos medibles. Saber cuándo vuelve el Tour Colombia, cómo se blindan los aportes y qué reciben las ciudades que se animen a organizar. En su mirada, la solución es tan práctica como una bicicleta bien ajustada.
En redes, el mensaje de Rigo funciona como un banderazo. Deportistas, entrenadores y alcaldías repiten un mantra: calendario, financiamiento, formación. El apoyo privado se ofrece, pero pide reglas estables para invertir a largo plazo.
En el exterior, Chile se prepara para su fiesta con Rigo. Para Colombia, la postal es un espejo: cuando no hay pista en casa, otros países toman la delantera y se quedan con el público, el turismo y la narrativa.
“Nada está perdido”, parece decir Urán. Pero hay que pedalear: un plan 2026–2030, carreras con fecha fija y una alianza público-privada que sostenga el sueño. El ciclismo colombiano sabe llegar a la cima; ahora necesita no bajarse de la bici.
