Venían de una gira en el Cauca y se dirigían al aeropuerto de Cali.

A esa hora – 8:45 p.m. – el camino desde Popayán hacia Cali debería ser rutina: peajes, luces lejanas, conversaciones de itinerario. La noche del martes, en la vereda El Túnel (Cajibío), el plan cambió. Dos carros, hombres armados, y el conductor que minutos después avisaría a la Policía: “se lo llevaron”. Miguel Ayala, artista popular e hijo menor de Giovanny Ayala, no llegó al aeropuerto.

Venían de una gira que había pasado por Huisitó. El viaje, parte inevitable del trabajo de un músico, conectaba presentaciones con vuelos. En el asiento cercano, su mánager tour, Nicolás Pantoja, hombre de ruta que cubre al equipo cuando el mánager general no viaja.

En redes, Giovanny Ayala pidió “respeto y prudencia”. Lo mismo su hija: no es momento de juicios ni especulaciones. En casa, la espera tiene otro reloj: cada minuto es largo, cada notificación puede ser una pista.

Policías y fiscales activaron protocolos: cámaras, antenas, peajes, trochas. Buscan el rastro que ayude a ubicar a los dos retenidos. No hay atribución de autoría, pero en esa zona operan estructuras de disidencias. La noche del suceso, los captores huyeron hacia el norte del Cauca.

Hace menos de una semana, en ese mismo tramo, una camioneta oficial fue atacada. El mapa de riesgo no es nuevo; la Panamericana carga con historias de bloqueos, derrumbes y violencia. Para quien viaja por trabajo—un músico, un técnico, un conductor—cada decisión de horario pesa.

Tras el escenario hay carreteras, hoteles y check-ins. Hay agendas que obligan a moverse de noche y equipos que calculan tiempos con precisión. Cuando la violencia toca esas rutas, la industria se frena: cancelaciones, miedos, costos, familias pendientes del teléfono.

La familia pide silencio responsable: menos ruido, más datos útiles. En casos así, la información imprecisa hiere dos veces: a quienes esperan y a quienes buscan. De puertas para adentro, la consigna es una sola: que vuelvan a casa.

Mientras la búsqueda sigue, el pedido es claro: empatía y prudencia. Hay un hijo, un colega y una familia en pausa. Que la carretera vuelva a ser solo eso: un camino. 

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