13 personas fueron atendidas por humo; no hay heridos graves.

La primera señal fue el olor a quemado y una nube que avanzaba sobre el pasillo principal. Alguien gritó “¡fuego!” y los silbatos de seguridad se impusieron al murmullo de miles. Del otro lado, contra un techo de lona, lenguas naranjas subían y bajaban mientras manos con extintores golpeaban el humo. Seis minutos después, el incendio estaba controlado. Para muchos, fue una eternidad. 

Gabi, voluntaria local, cuenta que un guardia la tomó del brazo y la guió hacia la salida. Afuera, algunos aplaudían cuando una llovizna ligera trajo aire nuevo. Adentro, quedaban cables, ceniza, el boquete en el techo y el zumbido de las radios. 13 personas fueron atendidas por inhalación de humo; ninguna de gravedad. 

El fuego arrancó cerca del Pabellón de China y alcanzó espacios africanos y juveniles. Las hipótesis hablan de falla eléctrica o equipos auxiliares. Bomberos y personal de la ONU activaron el protocolo y levantaron cordones para frenar el flujo hacia el área afectada. 

A pocos metros, delegados repasaban párrafos sobre transición energética y financiación. El cronograma ya venía tenso; la pausa enfrió conversaciones y encendió otras: ¿qué tan seguras son las “ciudades efímeras” que sostienen una COP? ¿Cómo blindarlas sin apagar la participación? 

“El mundo mira a Belém”, había dicho por la mañana el secretario general de la ONU. Por la tarde, Belém miraba su propio espejo: un evento global hecho de estructuras temporales, pasiones, desacuerdos y una coreografía logística que, esta vez, respondió. 

Hubo miedo, sí. También organización. Extintores en línea, avisos por megafonía, pasillos que se vaciaban sin correrías masivas. Y después, el silencio curioso de los que se preguntan si el incidente traerá apretones en los textos, concesiones de última hora o, al menos, un acuerdo suficiente para llamar “avance” a lo que salga de la sala. 

En el eco de las sirenas quedó una certeza: las COP no se detienen por un tropiezo; se redibujan. El humo obligó a mirar la trastienda —cables, lonas, guardias— que mantiene en pie la diplomacia climática. Ahora toca volver al contenido: financiar, adaptarse y dejar los fósiles.

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