Detrás del operativo hay meses de quejas, insomnio y miedo por la falta de seguridad.

Durante meses, los vecinos de una cuadra residencial en Galerías aprendieron a identificar la hora por el volumen de la música. Las noches se volvían más densas cuando el bajo subía y las risas se mezclaban con el ruido de las motocicletas que llegaban al frente del bar, un establecimiento que se presentaba como “sindicato” pero que, puertas adentro, funcionaba como cualquier lugar de rumba. El fin de semana pasado, esa rutina cambió: un operativo interinstitucional llegó, y al final de la jornada el lugar quedó suspendido. 

En la fachada, el discurso era claro: se trataba de una organización sindical. Sin embargo, los residentes sabían que la historia era otra. Las quejas por ruido al Distrito y a la Policía se fueron acumulando, mientras en redes y grupos de vecinos se compartían videos y notas de voz descrestas por la música a alto volumen en la madrugada. El operativo fue el resultado de ese cansancio colectivo: autoridades distritales, Policía, Bomberos y unidades de inteligencia tocaron la puerta que ellos ya conocían de memoria. 

Dentro del establecimiento, la realidad desmentía la fachada. No había afiches sobre derechos laborales, ni espacios de reunión sindical, sino mesas, licor exhibido y una carta de precios como la de cualquier bar. Ninguno de los asistentes tenía carnet o registro de afiliación a un sindicato y la administradora no pudo mostrar documentos que acreditaran esa naturaleza. Para quienes vivían alrededor, era la confirmación oficial de lo que llevaban tiempo diciendo: no era un sindicato, era un bar más en la cuadra. 

La inspección reveló otra preocupación latente: la seguridad. Los equipos de Bomberos y de Policía verificaron la infraestructura y encontraron un lugar sin iluminación de emergencia, sin detectores de humo y sin un plan de evacuación visible. Las ventanas, cubiertas con tablas y cortinas oscuras, impedían la ventilación. Para los residentes, que veían entrar y salir personas a altas horas de la noche, esa mezcla de hacinamiento, licor y ausencia de salidas claras era una bomba de tiempo. 

Los vecinos habían visto antes los camiones de Bomberos en la cuadra: en septiembre ya se había adelantado una visita técnica que dejó al descubierto varias de estas fallas. Esta vez, el operativo cerró el círculo. La Policía registró a los asistentes, revisó baños, barra y el inventario de licores, mientras funcionarios de la Secretaría de Gobierno y de Seguridad diligenciaban actas y fotografías para sustentar la medida temporal. Al final, la decisión fue contundente: suspensión por diez días, amparada en la Ley 1801. 

Para quienes viven en Galerías, el ruido no es un problema abstracto. Muchos relatan que han tenido que cambiar rutas de sueño, usar tapones o incluso considerar mudarse ante la imposibilidad de descansar. Bogotá enfrenta una crisis de contaminación auditiva, con amplias zonas que superan los límites de ruido recomendados, y los barrios donde se cruzan vivienda y rumba son los más afectados. Las Galerías, tradicionalmente un punto de encuentro estudiantil y cultural, ha sentido esa presión en los últimos años. 

El caso del bar suspendido conecta con otros episodios recientes en la ciudad. En Teusaquillo, por ejemplo, un bar conocido como 5-7 fue sellado por exceso de ruido; en Chapinero, en la Zona T, se ordenaron cierres preventivos a establecimientos que no cumplían con medidas de insonorización; y en sectores como Restrepo se han realizado operativos contra locales que, al igual que el de Galerías, se presentaban como sindicatos mientras vendían licor en la práctica. 

Detrás de cada uno de estos procedimientos hay historias similares: residentes que llaman al 123 una y otra vez, comerciantes que temen por sus negocios, trabajadores que dependen del ingreso nocturno y autoridades que buscan una difícil línea media entre economía y descanso. La idea de una “rumba responsable” ganó fuerza tras la pandemia, cuando la ciudad impulsó acuerdos para reactivar bares y discotecas con protocolos ambientales y de convivencia más estrictos. No todos, sin embargo, se han ajustado a esas reglas. 

Esa noche, cuando el operativo terminó y los sellos quedaron visibles, la cuadra de Galerías sonó distinta. No hubo música reventando ventanas ni carros parqueados en doble fila; solo el murmullo lejano de otros puntos de rumba y el silencio poco habitual de una calle acostumbrada a la fiesta. Para algunos vecinos el cierre es una pausa para recuperar el sueño; para otros, una señal de que vale la pena insistir en las denuncias y exigir que los negocios que quieran quedarse lo hagan dentro de la ley. 

En los próximos días se definirá si el establecimiento corrige sus fallas, cambia de modelo o enfrenta sanciones más severas. Mientras tanto, la historia del bar falso “sindicato” en Galerías se suma a la crónica diaria de una ciudad que todavía aprende a convivir con su propia noche: una Bogotá en la que la música y el descanso compiten pared por medio.

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