Testimonios de votantes y autoridades durante la jornada.
A las 8:00 a. m., Ernesto ajustó su sombrero y tomó la moto hacia el colegio más cercano: quería votar temprano. En la carretera, un retén de soldados le pidió documentos; al fondo, otro grupo revisaba buses. “Mejor así”, dijo, “uno llega con más confianza”.
Como él, miles de ciudadanos en el Magdalena acudieron a una elección atípica con un ambiente distinto: 1.650 militares vigilando puestos y vías, biometría en las mesas y funcionarios atentos a denuncias. La consigna era clara: votar sin miedo.
En los puntos rurales, la Fuerza Pública reforzó la presencia con patrullajes y monitoreo de pasos críticos.
En ciudades, las filas avanzaron con pausas por verificación biométrica y asistencia a personas mayores y con discapacidad.
Los jurados recibieron instrucciones para reportar novedades, mientras la Registraduría acompañó traslados de material sensible.
En el PMU, mapas de riesgo y reportes en tiempo real guiaron decisiones y apoyos.
Familias completas salieron a votar antes del mediodía, cuando el sol apretaba; a esa hora también se vieron caravanas de observadores locales.
Las emisoras reportaron apertura total y recordó restricciones de ley seca, porte de armas y propaganda.
En los municipios históricamente complejos, los soldados mantuvieron corredores despejados y apoyo a autoridades civiles.
Afuera de algunos colegios, los orientadores explicaban qué hacer ante presuntos delitos electorales y dónde radicar quejas.
Para Julia, maestra de 58 años, el refuerzo “manda un mensaje de respeto” al votante. Para las autoridades, la clave es un cierre de jornada sin incidentes que legitime el próximo gobierno.
Organismos de control y misiones de observación anunciaron reportes sobre accesibilidad, tiempos de apertura y eventuales irregularidades.
Cuando las urnas cierren, quedará la expectativa por el preconteo y la custodia de los formularios. Por ahora, la escena es la de un departamento decidido a hacerse oír.
