Una citación ignorada cambió el guion de la historia.

La noticia llegó como un flash en camerinos: un tribunal de Bangkok había emitido una orden de arresto contra Anne Jakrajutatip, la mujer que hace tres años prometió una nueva era para Miss Universo. Para el equipo de producción, fue un golpe seco: la gala tenía fecha, contratos y vuelos; el expediente, en cambio, no tenía pausa. 

En la raíz del caso aparece un inversionista que asegura haber sido engañado en 2023 para inyectar 30 millones de baht en la matriz del concurso. La denuncia escaló, la empresaria fue imputada y quedó bajo fianza. Esta semana, al no presentarse a la corte, el juez la declaró en riesgo de fuga. 

Quienes han trabajado con ella la describen como incansable, capaz de transformar un certamen en plataforma de negocios. Pero la rehabilitación de deuda de su conglomerado, sumada a las críticas sobre la conducción del show, habían encendido alertas antes de que la toga entrara en escena. 

En México, otra sombra cruza la historia: Raúl Rocha, co-propietario del concurso, enfrenta cargos graves por tráfico. No se tocan los expedientes, pero la conversación pública los junta, y la reputación se mide por titulares, no por folios. 

Las concursantes siguen ensayando. El escenario en Tailandia luce impecable, con luces que dibujan coronas en el techo. En los móviles, sin embargo, abundan alertas de “última hora” y preguntas de patrocinadores. El glamour, por ahora, convive con la ansiedad.

Quienes conocen el negocio repiten un mantra: “la confianza es la moneda”. Se construye con años, se pierde con un par de titulares. Para Miss Universo, el reto es sostener el rito mientras disciplina sus finanzas y ordena su relato. 

La corte fijó 26 de diciembre para una nueva audiencia. Hasta entonces, la pregunta no es si habrá gala, sino quién hablará por la marca y con qué garantías. En el backstage saben que cada silencio es un rumor más. 

En esta historia, la corona no pesa lo mismo que antes: lo hace el gobierno corporativo. Y su brillo no lo dan los cristales, sino las respuestas. 

Entre franquicias y fans, el sentimiento oscila entre la lealtad y la duda. Hay países que piden “calma” y otros que exigen “claridad”. Las redes, por su parte, cobran peaje a cada minuto sin comunicado. 

Los expertos proponen una hoja de ruta: vocería única, auditorías independientes y cuidado extremo del trato con las reinas, para que la conversación vuelva al talento y no a los tribunales. 

La orden de arresto es una escena fuerte, no el final. Falta audiencia, defensa y decisiones difíciles. El show puede seguir, pero solo si la historia detrás recupera credibilidad.

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