Pasajeros reprograman y las aerolíneas operan con “alerta máxima”

Eran las 10 de la mañana cuando las pantallas del aeropuerto de Maiquetía amanecieron llenas de reprogramaciones. A esa hora, el post de Donald Trump ya circulaba en todos los chats: “consideren cerrado en su totalidad” el espacio aéreo de Venezuela. Nadie sabía si era una orden aplicable o un mensaje político, pero el efecto fue el mismo: dudas en los mostradores y filas más largas.

María Fernanda, con un boleto a Madrid, contaba asientos; si no conseguía conexión por Bogotá o Ciudad de Panamá, perdería la cita médica del lunes. A su lado, un agente de una aerolínea explicaba que volarían “con máxima precaución” en horario diurno, mientras esperaba que la central confirmara trayectorias y seguros. En el aire, la geopolítica; en tierra, las historias de siempre.

El mensaje presidencial no incluyó NOTAM, procedimientos ni ventanas horarias. Tampoco aclaró si habría coordinación con la OACI o si la FAA emitiría nuevas restricciones. La incertidumbre pesa más cuando no se acompaña de manuales.

Caracas respondió con palabras duras y recordó que el espacio aéreo es suyo. Entre tanto, mantuvo medidas frente a aerolíneas internacionales, en una semana en la que revocó concesiones a varios operadores.

“Si hay portaaviones y ejercicios, nosotros volamos cuando sea más seguro”, dijo un piloto en voz baja. La presencia del USS Gerald R. Ford en la región no se ve desde el terminal, pero se siente en cada despacho de vuelo.

Las aerolíneas ajustan cargas, cambian itinerarios y dudan de sobrevolar. Los agentes recomiendan a los pasajeros aceptar reprogramaciones y evitar conexiones apretadas. “Hoy, llegar es ganar”, resumió un supervisor.

Quienes viajan por salud, trabajo o reunificación familiar pagan la incertidumbre con noches de hotel, taxis y angustias. Las agencias de viaje negocian condonaciones y flexibilidades; cada caso es un rompecabezas.

Bajo una gran bandera, los altavoces llaman a abordar mientras alguien, en el mostrador, calcula combustible y rutas alternativas. La ciudad sigue ahí, al borde del mar; el mundo, un poco más lejos.

Hasta que haya reglas claras, la recomendación es simple: mantenerse informado por vías oficiales, leer la letra chica de los pasajes y conservar toda comunicación con la aerolínea.

Cuando la macro-política se cuela en el control de seguridad, el viajero se vuelve protagonista involuntario. 

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