Un debut ante un gigante, el primer examen.

En el hotel, la charla es corta: “hacer lo nuestro, toque lo que toque”. Colombia llega al sorteo del Mundial 2026 con el Bombo 2 como escudo y con la ilusión intacta de un grupo que invite a soñar. Washington D. C. será el punto de partida de esa historia. 

Afuera, la ciudad acelera. Adentro, se revisan videos, se imaginan rivales, se proyecta un debut “sin margen”. Porque la Copa, con 48 selecciones y 12 grupos, no perdona distracciones. 

El Bombo 1 es un salón con luces altas: campeones y anfitriones. Cualquiera que salga traerá un partido grande desde el minuto uno. 

El Bombo 2, donde está Colombia, reúne equipos curtidos: Croacia, Uruguay, Marruecos, Japón… Competencia que se evita en fase de grupos, un alivio silencioso. 

Del Bombo 3 asoman rivales incómodos: Escocia, Paraguay, Costa de Marfil o Egipto; partidos de dientes apretados, segundas jugadas y pelotas cruzadas. 

En el Bombo 4, la moneda en el aire: Ghana, Cabo Verde, Curazao o el playoff intercontinental. Ahí se decide, muchas veces, la facilidad o dureza del grupo. 

El vestuario sabe que un buen arranque vale doble. El formato no regala tiempo: tres partidos, detalles al milímetro. 

“Viajar bien también juega”: sedes lejanas, climas opuestos y cambios horarios. El día después del sorteo, FIFA dibuja el mapa de vuelos. 

Colombia mira al frente. Un grupo con un anfitrión y un europeo medio sería el camino ideal; el contrario, potencia top y africano físico, exige una versión perfecta. 

En Bogotá y Barranquilla, la conversación es la misma: “¿con quién nos tocará?”. En los clubes, los preparadores físicos ajustan cargas con la Copa en mente.

Las federaciones recalibran amistosos de diciembre y marzo, buscando espejos de los rivales probables.

La pelota aún está quieta, pero la ilusión corre. Colombia espera su grupo con un plan, una idea y una certeza: competir. 

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