Patrullas y un ojo en el cielo siguieron la ruta de escape.
Eran pasadas las ocho cuando la denuncia llegó al CAD: una camioneta había sido robada en la calle 106 con carrera 22. En segundos se encendió el tablero de rutas; las patrullas calcularon cierres por la Autonorte y el Halcón empezó a trazar la estela caliente sobre los techos. En la cabina, la cámara capturaba el movimiento del automotor y la frecuencia radial abría paso al cerco.
Al otro lado, dos hombres forzaban la huida por un corredor que conocen bien: puentes, retornos, tramos de velocidad. El plan candado apretó las esquinas y un retén móvil cortó la maniobra. La secuencia terminó con dos capturados y el vehículo recuperado. No hubo balacera. Hubo reacción.
Los días previos ya habían dejado señales: denuncias de ciudadanos, historias que se volvieron virales y un mapa enrojecido por el hurto de automotores. La aparición del Halcón, con su ojo nocturno y la voz que guía a tierra, volvió a ser el giro de guion que evita una fuga más.
La calle 106 es más que una coordenada: es un corredor con accesos a TransMilenio y a la Autopista Norte, un lugar donde las rutas rápidas vuelven indispensable la coordinación para cerrar salidas sin poner en riesgo a terceros.
Al final, el parte fue breve: vehículo recuperado, sospechosos a disposición de la autoridad y una víctima que esta vez pudo volver a casa en su propio carro. Queda el eco de una pregunta: ¿qué pasará con quienes compran y venden lo que el hurto alimenta?
El Distrito anunció refuerzos de vigilancia nocturna en corredores del norte y patrullajes combinados tierra–aire. Vecinos y comerciantes piden más controles a bodegas y talleres que alimentan el mercado negro de autopartes.
La historia de esta noche se resolvió con capturas; la de fondo sigue escrita en fiscalías y operativos que buscan desarmar la cadena. En Bogotá, cada denuncia oportuna puede ser el inicio del siguiente cerco.
