Conductores pendulares temen más tiempos de viaje.

Cada sábado, miles de trabajadores pendulares cruzan los límites que Bogotá comparte con Cundinamarca. El plan de restringir a los no matriculados dos sábados al mes promete calles más despejadas, pero también vidas reacomodadas: turnos, rutas y bolsillos. En medio, una palabra se repite: coordinación. 

El Distrito defiende que la medida llegará en 2026 y que se acompaña de un recargo del 50% al Solidario para placas externas, buscando que más propietarios trasladen su matrícula a Bogotá. Del otro lado, voces jurídicas preparan una acción popular y recuerdan que la Ley 2199 pide decisiones concertadas cuando lo que se regula atraviesa fronteras. 

En los barrios y municipios vecinos, la conversación es práctica: ¿llego a tiempo? ¿me alcanza para el permiso? Quienes usan el carro solo para el regreso del sábado calculan si cambiar de horario o compartir vehículo. Quienes dependen del auto para cuidado familiar piden excepciones claras y buena señalización.

La experiencia muestra que toda restricción necesita transporte público robusto y control inteligente. De otra forma, la congestión se desplaza, no desaparece. Y en el borde metropolitano, cada decisión de la capital repercute en los corredores de entrada, del occidente al norte.

En lo jurídico, la acción popular buscará decirle al juez que no basta con que Bogotá pueda regular su tránsito interno si el efecto trasciende. El Distrito, a su vez, alegará que hay motivación técnica, que la medida es proporcional y que habrá pedagogía suficiente para evitar sorpresas. 

Ninguna ciudad se ordena sola. Si el PR30 se convierte en punto de encuentro —y no de ruptura—, el sábado podrá ser menos trancón y más acuerdo.

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