La historia del testigo, la fuga en minutos y la búsqueda que no se detiene.
Era una tarde cualquiera de viernes en Las Palmas. En el Mall del Indio, familias y trabajadores hacían fila mientras el olor a arepa dorada salía de Mi Arepa. Jonathan Christopher Acevedo García, 42 años, almorzaba al lado de la ventana. Afuera, una motocicleta aguardaba en silencio. A las 2:30 p. m., la rutina se quebró.
Un hombre alto, delgado, con gorra y buzo oscuro, se acercó a la ventana y disparó a la nuca de Acevedo. Dos, tres, cinco detonaciones que hicieron correr a todos. Afuera, la moto arrancó. Otro hombre, robusto, tomó fotos de la escena y se esfumó en un carro blanco.
En horas, la noticia se propagó: la víctima no era cualquiera. Colombiano-canadiense, testigo federal desde 2023, su cooperación había tocado fibras en una red que cruza fronteras. Los videos de seguridad, pixel a pixel, dieron tres siluetas a los investigadores.
La ciudad aprendió el nombre de un fugitivo: Ryan James Wedding, exolímpico en snowboard, ahora rostro en carteles del FBI. Con nuevas acusaciones, su recompensa escaló a US$15 millones y el caso Medellín quedó atado a un mapa que también traza Zapopan, Bogotá, Los Ángeles.
Las autoridades de EE. UU. y Canadá ofrecieron US$2 millones por cada uno de los tres responsables del ataque: US$6 millones en total. En los carteles, números encriptados de WhatsApp/Signal/Telegram prometen confidencialidad. En las calles, más patrullas.
El caso también dejó un rastro físico: la Yamaha NMax abandonada en Loreto, barrio en ladera al oriente, donde la moto descansó como una huella difícil de borrar. Los peritos rastrean rutas, celulares y combustible.
Para las familias que vieron el pánico en el centro comercial, el recuerdo es el sonido seco y la estela de gente buscando salida. Para los investigadores, es un rompecabezas de roles: quien sigue, quien dispara, quien fotografía. Tres piezas con recompensa.
En otros países, la misma red ya había sufrido capturas. Andrew Clark cayó en un parque de Zapopan; en Bogotá, Peña Goyeneche y Pucceti Iriarte. Movimientos que pudieron acelerar el reloj del miedo.
Voceros internacionales describen el caso como un golpe a los procesos judiciales. La instrucción es clara: “protejan a los testigos”. En Medellín, la conversación gira ahora a protocolos de seguridad en sitios concurridos.
Los carteles circulan, las líneas están abiertas y la ciudad se acostumbra a ver el logo del FBI junto a su propio paisaje urbano. En los expedientes, la historia no termina aquí.
