Una frase que cambió el aire del auditorio.

En Santa Marta el calor se pega a la piel. En el salón, las cámaras parpadean y las miradas siguen al Presidente. Entonces suelta la frase que partirá la jornada en dos: “Hermano, vamos a la JEP ambos”. No grita. Invita. Y la palabra verdad se instala en el aire.

La política colombiana está hecha de pulsos y cicatrices. Gustavo Petro y Álvaro Uribe encarnan orillas que rara vez se tocan. Por eso, la invitación sorprende: no es un ultimátum, es un puente condicionado por una idea tan simple como exigente: contarlo todo.

Los aplausos no tapan las preguntas. ¿Puede la JEP recibir a dos figuras que han marcado la conversación pública por décadas? La respuesta técnica existe: la jurisdicción nació para ordenar el pasado, escuchar a las víctimas y dar certezas. El resto es voluntad.

Para quienes perdieron a alguien, la noticia no es un ajedrez de poder. Es una posibilidad de oír un “sí, pasó” completo. Para la política, es una invitación a quitarse las máscaras y dejar registro de lo que se sepa. Sin atajos.

En la calle, la discusión volvió a las sobremesas. Los que apoyan a Uribe ven una celada; los que respaldan a Petro, un gesto. En ambos lados hay miedo a la derrota narrativa. Pero tal vez no se trate de ganar: se trate de saldar.

La JEP ha demostrado que el dolor cabe en expedientes si se escucha bien. Ha dictado decisiones difíciles y ha obligado a reconocer lo que parecía irreconocible. Ese es el terreno al que el Presidente llama.

Queda el turno del otro lado. Aceptar abriría una puerta que cambiaría la historia; rechazar mantendría la contienda como siempre. En cualquier caso, el país ya entendió el centro del asunto: las víctimas primero.

Miles de ojos esperan la respuesta. La política seguirá dando vueltas; la verdad, si llega, vendrá sin adjetivos.

En los tribunales, la frase activó conversaciones discretas sobre rutas formales y condiciones. En los colectivos de víctimas, la consigna fue clara: que no haya cálculo, que haya verdad.

En la arena pública, la invitación obliga a bajar la voz y subir la evidencia. Nadie ignora que de este gesto pueden salir acuerdos o fracturas; por ahora, salió una posibilidad.

La frase ya está dicha. Falta saber si alguien cruza el puente.

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