Historias desde Chapinero y Los Mártires, donde la basura se volvió rutina.

En la esquina de la Séptima con 53, una fila de bolsas negras se abre paso. Un gato rebusca; una rata espera turno. Los carros maniobran para evitar el cerro de residuos que alguien dejó horas antes. En el barrio, dicen, ya aprendieron a esquivar el basurero itinerante que aparece y desaparece según la suerte del día. Es una postal repetida en una ciudad con 700 puntos críticos y un servicio que suma 2.006 quejas al año.

Diana, vendedora de tinto, madruga para evitar el olor. Dice que a veces la recolección pasa tarde, otras “se salta” la cuadra. Julián, reciclador, separa cartón y botellas bajo la sombra de un contenedor sin tapa. Marta, que paga puntualmente el recibo, pregunta por qué $851.000 millones no alcanzan para recoger a tiempo y mantener limpios los andenes.

Mientras tanto, arriba, el tablero se mueve. La CRA negó dos veces la prórroga del modelo de áreas de servicio exclusivo y el reloj marca 11 de febrero de 2026 como el día en que vencen los contratos. El alcalde Carlos Fernando Galán cambió a la directora de la UAESP y puso en su lugar a Armando Ojeda, con la promesa de un plan de choque que empiece a verse en diciembre.

Los operadores alegan que no es sólo recoger: es lidiar con vandalismo, contenedores perdidos, voluminosos fuera de horario y calles donde el barrido no rinde. La Contraloría hizo un recorrido y encontró faltantes en casi la mitad de los puntos visitados; recordó que debe haber 10% de inventario para reponer.

En Los Mártires, un camión se detiene y un operario apunta con su escoba a un montón de colchones. “Voluminosos”, dice, “no entran en el viaje”. Otro vecino jura que llamó a la línea de atención. Un tercero, resignado, pide que al menos quiten las ratas. A dos barrios de allí, una valla improvisada pide no subir más la tarifa y mejorar el servicio.

La conversación gira a Doña Juana cuando una vecina pregunta por los olores del sur. El relleno, con su historial de lixiviados y deslizamientos, es el recordatorio de que la ciudad entierra más de lo que aprovecha. “Si reciclamos, en serio, esto no estaría así”, dice Norberto, un reciclador formal que cuenta 26.000 colegas inscritos en 2025.

“Lo de 2012 fue un susto”, suelta un conductor de camión. Se refiere al diciembre en que Bogotá amaneció cubierta de basura por la transición mal planeada. La escena pesa como advertencia mientras suena la palabra libre competencia: más operadores, más promesas, el mismo miedo a que unas zonas queden descubiertas.

En una pared alguien escribió: “La ciudad no puede estar llena de basura”. Es una frase del alcalde que su campaña convirtió en mantra. En la calle, la repiten con tono de exigencia. En los despachos, la convierten en actas, auditorías y licitaciones. En los andenes, por ahora, sigue oliendo mal.

La (posible) salida parece hecha de piezas pequeñas: frecuencias claras y cumplidas, reposición rápida de contenedores, sanciones efectivas, rutas para voluminosos y Ecopuntos que reciban escombros. Y algo más difícil: corresponsabilidad ciudadana para presentar bien los residuos y no convertir cada esquina en un botadero.

La CRA insiste en su papel técnico y el Concejo pide metas mensuales; la Alcaldía descarta emergencia sanitaria y promete resultados visibles este mismo año. En redes, los vecinos comparten fotos de ratas y bolsas; otros celebran cuando un foco crítico desaparece. El humor oscila entre la esperanza y el cansancio.

Bogotá tendrá pronto una respuesta: ajuste regulatorio con ASE, o salto a la competencia abierta. A la espera de esa definición, la ciudad pide algo básico: que no huela. En cuatro meses se sabrá si el sistema aprendió de sus errores.

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