Una foto se publicó, se viralizó y se retiró.
El domingo comenzó con una foto vieja que alguien miró de nuevo. En el Despacho Oval, James Blair sujeta una carpeta azul. A simple vista, nada extraordinario. Con un zoom, en redes, aparecieron dos rostros conocidos: Gustavo Petro y Nicolás Maduro. Ambos, con uniformes naranjas, detrás de barrotes.
La imagen estaba en la galería oficial de la Casa Blanca, dicen los reportes, y pasó semanas inadvertida. Ese día, el detalle explotó: la carpeta tenía por título “La doctrina Trump para Colombia y el Hemisferio Occidental”. Para muchos, era una señal.
En Santa Marta, el presidente Petro se enteró. “Me sacan como si fuera un preso en Estados Unidos”, dijo. Ordenó llamar a consultas al embajador en Washington, Daniel García-Peña. En Cancillería, teléfonos sonaron, borradores se cruzaron, términos medidos: crisis no es grito; es protocolo.
Del otro lado, silencio. La foto desapareció de la galería oficial. En los chats de diplomáticos, circuló el recorte pixelado con el encabezado. Los periodistas recordaron aquella libreta de Bolton. “Lo visual manda”, escribió uno. Lo simbólico, también.
El documento —según reconstrucciones— hablaba de cinco pasos: sanciones, designar carteles como terroristas, apoyo a aliados regionales, investigaciones sobre campañas y acciones contra redes criminales. En el margen, apareció un nombre: Bernie Moreno. Otro apellido conocido.
En Bogotá, opositores y oficialistas coincidieron por una vez: había que pedir explicaciones. En Washington, la política doméstica hizo su trabajo: cada bando leyó la foto a su manera. Entre tanto, las oficinas que llevan la relación día a día siguieron alimentando la máquina diplomática para impedir que una imagen arrastrara la agenda.
García-Peña llegó a la Cancillería con su libreta: “el tono es todo”, dijo un funcionario. Y en ese tono se mide el daño: ¿quedará como anécdota de redes o terminará en papel timbrado con sanciones?
Por ahora, el saldo es un gesto: Bogotá llamó a consultas. Y una certeza: aún sin pronunciamiento oficial sobre el documento, una fotografía bastó para mover embajadores, agendas y titulares.
En Colombia, el discurso presidencial marcó la línea: dignidad y pedido de aclaraciones. La oposición evitó romper la unidad del relato: primero, entender qué pasó; luego, discutir el fondo. En EE. UU., el episodio alimentó a los halcones y preocupó a quienes negocian la agenda práctica.
Empresarios y universidades que dependen de la relación bilateral miran con inquietud. Se preguntan si la foto quedará en símbolo o si, como temen algunos, preludia un capítulo de medidas más concretas.
La carpeta azul volverá a un cajón y la foto a un servidor. Pero la confianza tarda más en recuperarse que en perderse. Lo que ocurra esta semana dirá si esta historia termina aquí o si apenas era el primer párrafo.
