Técnicos y autoridades esperan entrar a la zona para evaluar daños.
En Chayani, vereda de Cajibío, el estruendo cortó la tarde festiva. “Se sintió un golpe seco y luego silencio”, cuenta un comerciante que prefirió no dar su nombre. Minutos después corrió la noticia: la torre de alta tensión había sufrido un ataque, y con ella el miedo a que la luz faltara en toda la zona. La Compañía Energética de Occidente (CEO) confirmó el atentado y encendió la alarma regional.
La compañía activó maniobras de suplencia y equipos de emergencia. Desde Popayán, una ingeniera de la empresa explica por teléfono que la prioridad es “mantener el servicio y cuidar a la gente”, mientras aguardan la autorización para ingresar al punto exacto del impacto. La zona, advierte, no ofrece condiciones de seguridad.
En los barrios cercanos, vecinos comparten audios y fotos. Algunos hablan de un dron que habría caído en una finca; otros, de un intento fallido contra la estación de Policía. Lo cierto, dicen, es que una torre del sistema quedó comprometida y la incertidumbre volvió a instalarse en sus rutinas.
“Nosotros vivimos del campo y de los refrigeradores”, cuenta Doña Alba, que vende lácteos. “Si se va la luz, perdemos todo”. En la tienda, los cargadores se amontonan en una regleta: nadie quiere que el celular muera en medio de las noticias.
El atentado recuerda otros episodios recientes en el suroccidente, donde los drones con explosivos se han vuelto palabra cotidiana. Cajibío, Morales, Piendamó: nombres que suenan cada semana en los noticieros y que, de tanto repetirse, normalizan el temor.
Por ahora, no hay apagones masivos. El servicio se sostiene con rutas alternas, mientras la empresa administra cargas y espera el visto bueno para evaluar de cerca la estructura dañada. Los técnicos, listos, tienen una brújula clara: proteger la vida y devolver la confianza a una red que hoy se siente frágil.
La comunidad pide algo simple: certezas. Que haya presencia institucional, que la escuela no interrumpa clases, que los negocios no boten producto, que la noche vuelva a ser noche y no un rumor de explosiones.
Mientras tanto, la investigación avanza. Las autoridades analizan patrones y antecedentes en la zona para establecer responsables y rutas de prevención. La empresa, por su parte, mantiene canales de información abiertos para reportes ciudadanos y eventual programación de trabajos.
La historia de Cajibío se parece a la de tantos municipios del Cauca: resistir, cuidar lo básico y seguir conectados. Aun entre amenazas, la luz sigue encendida.
La CEO rechazó el atentado y reiteró que la infraestructura eléctrica no puede ser objetivo de la confrontación. Gremios y expertos insistieron en reforzar la protección de activos y en desplegar medidas anti-drone alrededor de subestaciones y torres.
Autoridades locales ofrecieron acompañamiento para el ingreso de brigadas y solicitaron a la comunidad evitar acercarse al área de impacto. De confirmarse daños estructurales, podrían requerirse trabajos con interrupciones programadas.
Cajibío aguarda entre la prudencia y el cansancio. Si algo dejó claro el estallido en Chayani es que la energía no es solo un servicio: es la línea que sostiene la vida diaria. El reto ahora es reparar sin miedo y blindar lo construido.
