Desafío: sostener el paso a la educación superior.

Jonathan Julián Vergara, de 35 años, pasó de habitar las calles de Bogotá a obtener el mejor puntaje del ICFES en su cohorte. Su historia es el resultado de una combinación de decisión personal y una política pública que le abrió una puerta para volver a estudiar y graduarse del bachillerato.
El programa CIPREIA —Círculos Preparatorios Integrales de Aprendizaje— fue el puente. Con clases por ciclos, refuerzos en áreas básicas y acompañamiento psicosocial, el modelo le permitió recuperar ritmos, certificar estudios y prepararse para la prueba Saber 11. El siguiente objetivo: entrar a la universidad en un programa de ecología y medio ambiente.
El caso ilumina la estructura institucional detrás del logro. La estrategia articula la Subdirección para la Adultez, equipos de calle, docentes, trabajadoras sociales y profesionales de salud, con una lógica de “primero el cuidado, luego el aprendizaje”. En ese orden, Jonathan reconstruyó hábitos y volvió a sentarse frente a un cuaderno.
CIPREIA trabaja con metas alcanzables: nivelación por ciclos, evaluaciones periódicas y refuerzos en matemáticas, lenguaje y ciencias. La flexibilidad no sacrifica exigencia; ajusta el ritmo para quienes interrumpieron su trayectoria escolar. Esa combinación explica que la preparación para ICFES sea sostenida y efectiva.
El éxito individual cataliza mejoras de política. Con graduaciones periódicas, el Distrito ha mostrado que la educación flexible sirve para reintegrar a población que vivió en calle. A medida que más adultos certifican el bachillerato, se acumulan historias que derriban la idea de que “ya es tarde para estudiar”.
El componente psicosocial fue decisivo. Jonathan dejó atrás el consumo, asumió rutinas de autocuidado y reparó vínculos familiares. La confianza reapareció cuando llegaron los primeros avances académicos. La percepción de logro sostuvo la asistencia a clase, una de las variables críticas para completar el proceso.
La meta de formación superior impone nuevos retos. Sin becas, tutorías en admisión y apoyos de manutención, el riesgo de deserción es alto. La ruta de éxito no se agota con un buen ICFES; necesita continuidad para transformarse en título técnico o universitario y, después, en empleo formal.
Comparado con modelos de otras ciudades del mundo, CIPREIA coincide en tres pilares: flexibilidad curricular, mentoría intensa y articulación con servicios sociales. Donde hay continuidad y seguimiento, los resultados se mantienen; donde se corta, los avances se diluyen. La evidencia local sugiere escalar lo que ya funciona.
La ceremonia de grado fijada para el 20 de noviembre simboliza un hito de cierre y apertura. Con el diploma en mano, Jonathan busca apoyos para ingresar a educación superior en áreas ambientales, un campo que conecta vocación personal con oportunidades de empleo verde.
Más allá del titular, el caso provee una hoja de ruta: identificar, acompañar, nivelar, certificar y proyectar. La réplica a mayor escala dependerá de recursos, alianzas universitarias y una narrativa pública que incentive a otras personas a retomar estudios.
Instituciones educativas y actores sociales destacaron el caso como evidencia de política pública efectiva. Docentes subrayaron la importancia de la didáctica adaptativa y del trabajo emocional para sostener la permanencia escolar de personas adultas.
La experiencia de Jonathan muestra que la inclusión educativa es posible cuando la política se encuentra con la persistencia personal.
