La madrugada y la noche concentran la mayor parte de estos robos.

El martes comenzó antes del amanecer. A las 5:04 a. m., la calle del barrio Olarte estaba casi vacía cuando dos motos aparecieron sin ruido. “Le apuntaron a mi esposa”, recuerda John Matute, todavía con la voz apretada. Ella está embarazada. Él llevaba $200.000 para el día y su celular; al final, no conservó ninguno.

Los cuatro hombres descendieron con prisa ensayada. Uno tomó el dinero, otro exigió los teléfonos, un tercero vigiló la esquina y el cuarto se aseguró de que la pareja no se moviera. En segundos, todo había terminado. Las motos huyeron en direcciones distintas. El video, que ahora se multiplica en redes, apenas alcanza a mostrar la coreografía del miedo.

La pareja estaba en tránsito a sus labores. No hubo golpes ni disparos, pero sí el temblor que deja la boca del cañón a centímetros del cuerpo. “Me quitaron el dinero y el celular, y a ella la encañonaron”, repite Matute. El barrio volvió a su rutina con la luz, pero la madrugada se quedó con su parte.

No es una escena nueva: en Bogotá, los robos a personas han aumentado en varias localidades. Rafael Uribe Uribe aparece en las listas con alzas de dos dígitos, y los “motoladrones” se han vuelto un término común en las conversaciones de esquina. Las autoridades advierten que la noche y la madrugada concentran la mayoría de casos.

En Olarte, vecinos han empezado a coordinarse: chats, alarmas, cámaras en fachadas. Saben que los asaltos se cuecen en minutos, que las motos entran y salen por calles alternas. Los videos no siempre alcanzan para identificar rostros, pero ayudan a trazar rutas.

La FM recogió la denuncia y la llevó al aire. El caso se convirtió en otro capítulo de un problema que no distingue estratos. Las imágenes reavivaron el debate sobre controles a motocicletas y sobre cómo proteger, especialmente, a poblaciones vulnerables.

Mientras la Policía analiza grabaciones, la pareja intenta recomponer su rutina. Hay trámites: bloquear líneas, denunciar, cambiar contraseñas. También está el susto, que a veces regresa en forma de sobresalto al oír una moto.

El botín —$200.000 y dos teléfonos— no explica por sí mismo la violencia ni el riesgo. El asalto ocurrió en la franja en la que muchos salen a trabajar y en la que la ciudad todavía bosteza. Ese es, quizá, el momento más frágil de la vía pública.

El barrio se levantó con comentarios y promesas de reuniones. Las luces de algunos porches permanecieron prendidas un rato más. La pregunta que corre entre vecinos es cómo evitar que vuelva a repetirse.

Por ahora no hay capturas reportadas. La investigación sigue mientras la ciudad intenta ponerle freno a un delito que aprovecha la velocidad y la sorpresa.

Autoridades distritales reiteraron que los operativos continúan y pidieron mantener la denuncia como herramienta central. Vecinos de Rafael Uribe Uribe, por su parte, piden más patrullajes, mejor iluminación y controles móviles en accesos y salidas del sector.

Organizaciones comunitarias insisten en redes de apoyo y en fortalecer la comunicación con los cuadrantes. La conversación sobre controles al parrillero y sanciones por ocultar placas volvió a la agenda.

El caso dejó una marca en la pareja y un recordatorio para la ciudad sobre sus horas más frías. 

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