El enojo creció entre discursos, fallos y alianzas inesperadas.
En Santa Marta, el color naranja de Fuerza Ciudadana fue señal de identidad durante años. En plazas y barrios se hablaba de “la continuidad” del proyecto de Carlos Caicedo. Ese relato cambió cuando un consejo de ministros televisado abrió, en vivo, una reyerta con el presidente Gustavo Petro: se acusaron de dividir la izquierda y el hilo se rompió.
Días después, Caicedo llamó las cosas por su nombre: rompía con Petro. Dijo que el mandatario estaba “prisionero” de una cúpula y que desde el poder buscaban aniquilar su movimiento. En el Caribe, donde las lealtades pesan más que los slogans, el mensaje sonó a campanazo de medianoche.
La pelea llevaba tiempo cocinándose. En las elecciones atípicas de Magdalena, un exaliado, Rafael Noya, recibió apoyos de bandos que rara vez se sientan juntos. Para el caicedismo fue traición; para sus rivales, una oportunidad para desbancar a un liderazgo que consideran hegemónico.
A la intemperie política se sumó el frío de los tribunales. El Consejo de Estado confirmó que Fuerza Ciudadana se quedaba sin personería jurídica, un golpe a la chequera y a la logística que sostiene cualquier proyecto. “Seguiremos, con o sin papeles”, prometieron en tarimas.
En entrevistas, Caicedo insistió en que el Gobierno central miró poco al Magdalena. En la Casa de Nariño replicaron que nadie persigue a nadie y que las alianzas buscan mayorías para gobernar. Las cámaras hicieron el resto: con cada declaración, la grieta se agrandó.
En los barrios, la política se volvió conversación de esquina. “¿Y ahora por quién votamos?”, preguntaba un mototaxista en Gaira. Otros, más pragmáticos, veían la disputa como una competencia de poder sin santos ni mártires, apenas estrategias.
Para los militantes naranjas, el diagnóstico es claro: sin personería, tocará inventar nuevas rutas. Avales prestados, firmas, o la épica de remar contra la corriente en plena campaña. Del otro lado, el petrismo intenta contener el daño y evitar que el Caribe se convierta en terreno hostil.
Gustavo Bolívar y otros líderes pidieron un pacto. Pero los pactos requieren confianza, y la confianza se fue con los aplausos de una noche televisada. En política, las heridas tardan más en cerrar que en abrirse.
El 2026 aparece en el horizonte como una ola larga. Si la izquierda llega dividida, la orilla puede quedar más lejos. Si recompone, pagará el precio de tragarse palabras dichas a micrófono abierto.
Por ahora, en Magdalena, nadie guarda las banderas. Las campañas afinan su música y los equipos redibujan el mapa.
