La primera derrota de una ambición mayor.
La luz del MGM Grand Garden Arena cae como un telón dorado. En la pantalla, el nombre del ganador no es el suyo. Westcol perdió. Respira, aprieta los labios y se mira en el celular que lo transmite todo. “Muy triste…”, confiesa. Y enseguida, como si se aferrara a un pasamanos: “esperar cuando sea el momento”.
Minutos antes, el rumor había hecho lo suyo. En camerinos, Beéle y Ovy le palmean la espalda: han llegado lejos con “La plena”. Afuera, Las Vegas ruge. Adentro, Bad Bunny suma otro trofeo. El sueño del primer gramófono se disuelve con elegancia.
No hay rabia. Hay orden. Respeto por la sala, por la terna, por la noche. Westcol entiende que el salto del streaming a la música necesita más de un golpe de suerte. Repite “gracias” como quien cuida una herida.
El traje caro, más de 37 millones, brilla distinto de regreso a la butaca. No compra premios, compra memoria: la foto, el clip, la promesa de que la próxima vez será distinto.
En su live, desgrana el trayecto emocional: nervios, tristeza, calma. Los comentarios vuelan como confeti: apoyo incondicional, críticas feroces, chistes para desarmar el nudo. Él escucha. Y anota.
La terna fue de dientes apretados: los nombres, gigantes; la vara, altísima. Perder aquí, piensa, también es entrar. Un paso más hacia ese lugar donde el reconocimiento llega cuando el catálogo ya pesa.
De regreso al hotel, Las Vegas es un tablero de neón. Westcol guarda el teléfono y se queda con una frase: seguimos. No es consuelo, es motor.
La mañana siguiente amanece sin trofeo, pero con ruta. Más música, más socios, más escena. La derrota no se sube al avión: se queda en Las Vegas como un recordatorio.
En redes, la discusión no para. ¿Injusticia o realidad? No importa tanto. Importa el siguiente lanzamiento. El tiempo ordena, el trabajo sostiene.
Cierra el día con una promesa íntima: volverá.
