Las familias piden verdad sin apellidos políticos.

La ciudad amaneció con campanas y sirenas que ya nadie distingue en el recuerdo. En el Palacio, magistrados, empleados y visitantes quedaron rehén de una historia que no escogieron. Afuera, miles vieron por televisión una nube de humo que aún hoy empaña la versión definitiva de lo ocurrido.

*Imágen de referencia

Cuatro décadas después, en cada acto conmemorativo alguien lee una lista de nombres. Las familias han aprendido el idioma de los expedientes: folios, cadenas de custodia, necrodactilias; todo para responder preguntas básicas: dónde estuvo su ser querido, quién lo vio salir, por qué no volvió.

La disputa de relatos pasa por encima del duelo. Unos niegan vínculos, otros los afirman; unos justifican operativos, otros denuncian excesos. En medio, los deudos piden menos consignas y más documentos. Piden saber por qué salieron vivos algunos y aparecieron muertos después.

A 40 años, el país recuerda tres puntos que lo siguen atravesando: el financiamiento de la toma, la injerencia internacional y la voz de los protagonistas. Pero quienes llevan flores al Palacio repiten otra prioridad: verdad completa y reparación.

Hay quien habla del Palacio como una herida: duele al tocarla y también al ignorarla. La memoria no es un monumento de mármol; es una tarea: abrir archivos, escuchar a sobrevivientes, proteger testigos, admitir responsabilidades.

El eco de esas 28 horas no cesa. Quien estuvo allí, quien lo vio por TV, quien nació después, todos cargan una parte. Si la historia no se verifica, se repite. Si la memoria se usa como arma, hiere dos veces.

El país no puede reescribir lo que ya pasó; sí puede contarlo mejor. Para eso están los nombres, los documentos y la voluntad de mirar sin desviar la vista.

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