El HUN exige mitigación y el informe técnico del evento.
A las 11:30 p. m., Luz Marina apretó el timbre. “No puedo dormir”, dijo en voz baja. En el piso contiguo, Juan miraba el techo mientras el suero goteaba. “Tiembla la cama”, alcanzó a bromear. Afuera, a pocos cientos de metros, el Centro Cultural Vive Claro vivía una noche eufórica. Adentro, en el Hospital Universitario Nacional, el ruido y las vibraciones atravesaban paredes y rutinas.
El informe del HUN sobre lo ocurrido el 7 de octubre es contundente: en cinco puntos medidos, los niveles sonoros superaron la norma para zona hospitalaria nocturna; en tres, incluso rebasaron los 70 dB propios de espectáculos. El 80 % de los pacientes no pudo descansar y el 75,6 % sintió vibraciones molestas. Ambulancias demoradas, peatones detenidos, autos que no avanzan: el ruido no viaja solo.
El hospital pidió mitigaciones y el reporte técnico del Laboratorio ADES. Los organizadores, de momento en silencio, mantienen la agenda de conciertos. Entre tanto, en la ciudad que presume de capital musical, la discusión regresa a lo esencial: quién protege el descanso cuando el volumen sube.
La norma 0627 delimita decibeles por sectores. En papel, el mapa es claro: hospitales con 50 dB nocturnos; espectáculos con 75 dB. En la calle, el sonido se dobla con el viento, rebota en fachadas, se cuela por ventanas y llega a las camas. El desafío no es acallar la música, sino encauzarla: pantallas acústicas, orientación de arrays, monitoreo público, horas límite, rutas para ambulancias.
El Parque Simón Bolívar y su constelación de recintos han demostrado que Bogotá puede convivir con grandes shows. Pero ahora el reloj corre: hay pacientes que mañana necesitan dormir. Y hay fans que mañana quieren cantar.
Reacciones y consecuencias. El personal de salud pide respuestas; los vecinos, certezas antes del próximo evento. Promotores y autoridades tienen en sus manos el acuerdo técnico que permita que la emoción del público no atraviese paredes indebidas.
Desde los pasillos del HUN, una petición simple: “déjennos descansar”. En la tarima, otra igual de simple: “déjennos cantar”.
Entre una cama y una consola se puede trazar una línea de convivencia. Se dibuja con datos públicos, mitigación visible y respeto a entornos sensibles.
