Antiexplosivos hicieron detonaciones controladas.

A las 5:30 de la mañana, cuando Tunja todavía bostezaba, un vecino de Prados de Alcalá notó que una volqueta bloqueaba la vía. No era normal: arriba llevaba una plataforma metálica. Llamó. En minutos, las sirenas tejieron una línea azul alrededor del batallón Simón Bolívar. “Evacuen ya”, gritaron los policías. Algunas familias salieron con lo puesto; otras cargaron mascotas y documentos.

Dentro y fuera del cantón, los antiexplosivos se movieron con ese ritmo silencioso que antecede a las decisiones difíciles. “Detonación controlada”, dijo la voz por radio. Luego el estruendo. Un carro ardió por una chispa tras la explosión técnica y el humo expulsó recuerdos que Tunja creía ajenos: los videos volaron por chats, las especulaciones también.

La Secretaría de Gobierno confirmó lo que todos temían: el vehículo traía 24 “tatucos” listos para ser lanzados hacia el interior del batallón. Los uniformados, a su vez, pidieron calma. No hubo muertos. Una mujer embarazada fue atendida por crisis nerviosa. Las casas del perímetro respiraron entre sacudidas y ventanas vibrantes.

Los vecinos recuerdan la moto que acompañó al conductor. Dicen que aceleró cuando vio las patrullas. Para el mediodía, la tensión bajó un grado: “cargas desactivadas”.

La ciudad entendió que estaba cerca de una catástrofe. No es común en Boyacá escuchar de plataformas lanzatatucos ni ver calles vacías por un acordonamiento militar. Pero la madrugada cambió esa idea. La ruta de la volqueta —dicen— empezó 12 días antes con una venta en Sogamoso y siguió con un ingreso a oscuras.

El Presidente escribió: “Cero víctimas”. El Ministro de Defensa habló de recompensas. En la zona oriental, de terminales y estadios, la conversación fue otra: ¿Cómo no nos dimos cuenta antes?; ¿qué habríamos hecho si…?. Hacia la tarde, el consejo de seguridad buscaba nombres y apellidos para la investigación.

En las esquinas quedó una lección simple: la llamada oportuna que encendió la cadena de respuesta. En el edificio de la señora del 301, los chats de vecinos ahora tienen números de líneas de denuncia fijados arriba. Los comerciantes, por su parte, revisan cámaras y acuerdan protocolos por si regresa una madrugada parecida.

Las imágenes de la jornada muestran el peso invisible del miedo: cascos, escudos, patrullas, madres con cobijas sobre los hombros. También muestran lo que no pasó. La volqueta no lanzó su carga. El humo fue del operativo, no de una tragedia abierta.

La ciudad pidió más presencia nocturna y controles a vehículos de carga. La autoridad prometió anillos reforzados y rastrear la cadena de compra y montaje del automotor. Entre tanto, los vecinos tratan de volver a dormir.La noche siguiente, Prados de Alcalá encendió luces más temprano. Hubo quien dejó una maleta lista “por si acaso”. Es una forma de espantar el recuerdo y de rendirle homenaje a la alerta ciudadana que cambió el final.

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