El mapa emocional de los equipos que perdieron el tren a Norteamérica.

En Lagos, un grupo de aficionados guarda las camisetas verdes de Nigeria con una mezcla de rabia y resignación. A miles de kilómetros, en Santiago, un padre explica a su hijo que Chile tampoco estará en el próximo Mundial. Y en Tiflis, los hinchas de Georgia asumen que el talento de Khvicha Kvaratskhelia tendrá que esperar otro ciclo para pisar la Copa del Mundo. Es el lado silencioso de las eliminatorias: el de quienes se quedaron sin viaje a Norteamérica 2026.

Aunque el Mundial tendrá por primera vez 48 participantes, para más de 140 países esta edición ya terminó. Algunos quedaron fuera en fases preliminares; otros aguantaron hasta el último partido de grupo. Todos comparten la misma frase al final del camino: “Nos vemos en 2030”.

En Sudamérica, la noticia cayó especialmente dura en Santiago, Lima y Caracas. Chile, que fue tercero en el Mundial de 1962 y brilló en la década pasada, no logró recomponerse en la tabla y volvió a quedarse sin boleto. Perú, que había regresado a la Copa en 2018, y Venezuela, que aún sueña con su primer Mundial, también se despidieron antes de tiempo. Las imágenes de sus hinchadas despidiéndose de las eliminatorias se repiten, una y otra vez, en redes sociales.

En África, la eliminación de Nigeria y Camerún impactó mucho más allá de los resultados. Para millones de aficionados, ver a las “Súper Águilas” o a los “Leones Indomables” en un Mundial es un ritual casi generacional. Esta vez no habrá canciones en las tribunas de Norteamérica ni banderas verdes, amarillas y rojas en las gradas. En su lugar, quedará la reflexión sobre cómo un continente rebosante de talento sigue chocando con la falta de infraestructura y estabilidad deportiva.

En Asia, selecciones como India, China o Baréin despertaron ilusión con estadios llenos durante las primeras jornadas. Sin embargo, la exigencia de un calendario largo, la diferencia de nivel con potencias regionales y pequeños detalles en partidos clave las fueron dejando sin margen. El sueño mundialista se apagó rápido para Mongolia, Maldivas, Sri Lanka o Camboya, que saben que el próximo ciclo comenzará casi desde cero.

En Europa, la decepción tiene nombres propios. Georgia y Hungría, donde brillan Kvaratskhelia y Szoboszlai, quedaron ya fuera de carrera. Lo mismo ocurrió con Islandia, Grecia o Armenia, selecciones que en la última década se acostumbraron a ser noticia por sus hazañas y ahora deben regresar a los despachos a rediseñar sus proyectos. Para muchos de sus jugadores, la cita de 2030 puede ser la última gran oportunidad.

En Centroamérica y el Caribe, Costa Rica, Honduras, Guatemala o Trinidad y Tobago sonaron fuerte en algún momento de la historia reciente. Hoy miran con cierta envidia deportiva a Panamá, Curazao y Haití, que aprovecharon mejor el nuevo reparto de cupos en Concacaf. En estas latitudes, quedar fuera del Mundial no solo duele en lo deportivo: también golpea el turismo, la economía local y la autoestima de países que encuentran en el fútbol una válvula de escape.

Mientras tanto, en otras partes del mundo se celebran historias inversas. Cabo Verde, Uzbekistán, Jordania o Curazao disfrutan de su primer o escaso paso por la élite. Detrás de su clasificación hay años de trabajo silencioso en academias, procesos juveniles y programas de formación que casi nunca ocupan titulares hasta que llega un boleto mundialista.

Las consecuencias emocionales de quedarse fuera son evidentes: generaciones completas de futbolistas que no tendrán la vitrina de un Mundial, aficionados que no verán sus colores en los álbumes de cromos y ciudades que no se paralizarán frente a una pantalla gigante. Pero también hay un lado constructivo: en muchas federaciones, el fracaso está sirviendo para impulsar debates sobre ligas más competitivas, mejores calendarios juveniles y mayor inversión en infraestructura.

El camino a 2026 ya está cerrado para ellos, pero el fútbol no se detiene. En marzo se jugarán los últimos repechajes y se conocerán los seis cupos restantes; después vendrá el sorteo y, finalmente, el pitazo inicial en Norteamérica. Para quienes quedaron fuera, el Mundial será un espejo donde mirarse y un recordatorio de que la próxima oportunidad empieza a construirse desde ahora. 

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