Un país entre el desfile y la ausencia.

En un podio rodeado de banderas, Nicolás Maduro prometió que “ocho millones” están listos para defender a Venezuela. En la calle, las cifras conversan distinto: el precio del pasaje, la cola del mercado, la remesa que llega desde afuera. La milicia desfila; la vida cotidiana aprieta. Y en la diagonal entre discurso y realidad se acomoda el país.

En la frontera, el Puente Internacional Simón Bolívar guarda memoria: miles de pasos que cruzaron a Colombia en años recientes. Muchos eran jóvenes en edad de servicio. Algunos se inscribieron en la milicia antes de irse; otros nunca quisieron vestir un uniforme. La cifra de “ocho millones” los convoca a todos, estén donde estén, como si un registro bastara para volver el tiempo.

Una mujer en Catia recuerda el alistamiento “para apoyar a la comunidad”. Le enseñaron primeros auxilios y cómo organizar una cuadrilla. Pero su hijo electricista migró a Bogotá y ahora envía dólares; con eso pagan medicinas y el gas. Cuando escucha la promesa de millones listos, pregunta por la lista de útiles de su nieto. La defensa, entiende, empieza por la nevera.

Un veterano de la FANB habla de orgullo, de revistas pasadas frente a tribunas con aviones en vuelo y blindados impecables. Luego baja la voz para reconocer la otra cara: repuestos, mantenimiento, horas de entrenamiento. “La guerra no se gana con pancartas”, dice, y mira el cielo. Su memoria mezcla jornadas de instrucción con el eco de discursos.

Para algunos, la milicia es pertenencia. Para otros, es trámite. “Si llaman, voy”, asegura un muchacho en La Guaira que alterna entre un empleo informal y guardias comunitarias. Sabe que hay desfiles, pero no ha disparado en polígono desde hace meses. Su primo, en cambio, está en Lima: “No me llames para eso”, le dijo por WhatsApp. Igual manda audios cuando el mar se pone bravo.

La cifra de ocho millones, repetida como mantra, funciona como promesa: somos muchos, no estamos solos. Pero la cuenta se diluye en preguntas quiénes, cómo, con qué, que nadie termina de responder. La épica del número choca con la aritmética de la vida diaria: transporte, comida, tiempo, seguridad.

En los barrios, la palabra “defensa” adopta otro acento: alumbrado, agua, escuelas. Las juntas piden herramientas, no consignas; y cuando llega una inspección, enseñan goteras y escalones rotos. Allí, el heroísmo consiste en asegurar la comida del día, no en reunir batallones.

La frontera sigue abierta para historias que van y vienen. Cada tanto, alguien regresa por una abuela enferma o a resolver papeles. Ve uniformes en formación y también mercados con billetes contados. El país que dejan y el que visitan es el mismo, pero se parece a dos.

La promesa de “ocho millones” volvió a dividir opiniones. Hay quien aplaude la moral en alto y hay quien pide cifras verificables y prioridades sociales. Entre tanto, organismos internacionales y organizaciones civiles repiten la necesidad de bajar la tensión y proteger a la gente común.

Más allá de la disputa, la vida continúa en modo resistencia: el anuncio ocupa titulares; el día a día, la agenda doméstica.

En Venezuela, los números son banderas. El de “ocho millones” también. Mientras la plaza y el puente sigan contando historias distintas, la pregunta seguirá abierta: ¿cuántos están listos para defender qué?

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