Familias piden apertura de archivos militares y una lista integral.

La conmemoración de los 40 años de la toma y retoma del Palacio de Justicia vuelve a poner nombres sobre la mesa. Más allá del homenaje a los magistrados, familiares y organizaciones insisten en que la historia está incompleta: se registran 42 desapariciones forzadas, de las que 10 personas aún no han sido plenamente reconocidas ni localizadas.

El reclamo es claro: memoria integral sin jerarquías del dolor. En esa lista convergen empleados de la cafetería, trabajadores judiciales, visitantes y militantes del M-19. La premisa es incluir a todas las víctimas y exigir verdad verificable.

Las primeras horas del 6 y 7 de noviembre de 1985 dejaron un saldo de confusión, incendios y versiones cruzadas. Con el paso del tiempo, la reconstrucción forense permitió ordenar hallazgos y corregir errores de registro. Sin embargo, los vacíos en la cadena de custodia y las dudas sobre traslados y entierros persisten.

Entre 1998 y la década siguiente, la revisión de cajas con restos del Cementerio del Sur y nuevas pruebas de identificación abrieron la puerta a confirmaciones tardías. A partir de 2012, se lograron avances con casos como Carmen Cristina Garzón y Mónica Molina, además de identificaciones que corrigieron tumbas ajenas y registros incompletos.

A la fecha, la memoria de las 42 desapariciones se distribuye en cuatro grupos: 8 empleados de cafetería, 13 trabajadores judiciales, 3 visitantes y 18 militantes del M-19. De ellos, 10 siguen sin paradero confirmado: Norma Constanza Esguerra; David Suspes; Gloria Stella Figueroa; Carlos Augusto Rodríguez; Irma Franco; y los funcionarios judiciales Nury Soto, Rosalba Romero, Julio César Andrade, Jorge Alberto Echeverry y María Janeth Rozo.

El déficit de apertura de archivos militares se considera un obstáculo mayor. Sin acceso a planes operacionales, registros de custodia y listados de traslados, la cronología judicial no puede cerrar los huecos que la ciencia forense sólo sugiere.

La Ley 1448 reconoce la memoria histórica como deber del Estado. Las familias reclaman que ese mandato se traduzca en un sitio de memoria que nombre a todas las víctimas y en protocolos de búsqueda con metas y responsables. La demanda central: pasar del gesto simbólico al procedimiento verificable.

En Bogotá, espacios como el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación han tejido pedagogía, pero el Palacio exige su propio guión plural: fichas biográficas, contexto judicial y un relato que ubique responsabilidades del M-19 en la toma y del Estado en la retoma, sin zonas grises.

El debate público muestra consenso en un punto: los avances forenses no equivalen a reconocimiento integral. Si el Estado no unifica listas y abre archivos, la cronología seguirá partida y la conmemoración repetirá silencios.

Para 2026, familiares y expertos proponen una unidad especial en Fiscalía, con indicadores trimestrales, para agotar líneas de investigación pendientes y revisar piezas de evidencia aún no peritadas.

Colectivos de víctimas consideran que una lista oficial única, validada por forenses y familias, restablecería confianza y daría base a nuevas búsquedas. Académicos y magistrados emiten llamados a una memoria plural y documentada que evite exclusiones.

En el Ejecutivo y la Rama Judicial se evalúan fórmulas para consolidar un memorial integral y definir un protocolo de apertura escalonada de archivos, bajo control judicial y plazos verificables.

Cuatro décadas después, la cronología está trazada, pero la verdad plena no. Sin archivos abiertos y una lista integral, el rompecabezas seguirá incompleto.

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