Un convenio hasta 2027 perfila la obra y sus diseños

A Lizeth, que vive en Funza y trabaja en Fontibón, el reloj no le perdona: dos horas de ida, dos de regreso, si la 13 decide colapsar. Como ella, miles esperan que el convenio entre el IDU y la Alcaldía de Funza devuelva tiempo a sus días con un corredor por la Avenida La Esperanza.

La promesa es concreta: más de 7,8 km de conexión directa, dos calzadas con dos carriles por sentido, ciclorruta de tres metros, andenes amplios y un separador arborizado. Tres intercambios —río Bogotá, humedal Gualí y vía Devisab— intentarán quitarle filo a los atascos.

El acuerdo, firmado el 6 de noviembre y vigente hasta 2027, abre la puerta a estudios y diseños con enfoque humano: iluminar, arborizar, proteger al peatón y darle espacio a la bici. Donde hoy hay zigzags y giros bruscos, deberán aparecer curvas suaves y cruces seguros.

En Funza, el 63% de los viajes ya son en transporte público. Por eso, el plan piensa en carriles más fluidos para buses, paraderos ordenados y una ciclorruta que conecte barrios, colegios y comercio con borde urbano y puentes sobre el río.

El humedal Gualí no es solo un punto del mapa: es casa de aves y vegetación nativa. La obra promete pasos a desnivel y manejo de escorrentías para evitar impactos; un corredor verde que haga del trayecto una experiencia menos ruidosa y más amable.

En el costado del río Bogotá, el intercambio deberá resolver el paso de peatones, ciclistas y carga sin ponerlos a competir. Barandas, iluminación y señalización serán tan importantes como el concreto de las losas.

Vecinos y comerciantes esperan que la nueva conexión disperse flujos y devuelva clientes a zonas que hoy se evitan por los trancones. La conexión con Devisab podría acercar servicios y mercados del occidente, sin recaer solo en la 13.

El Comité Técnico Operativo vigilará que los diseños traduzcan estas promesas en planos y metrados. Primero, prefactibilidad; luego, factibilidad; al final, estudios que permitan licitar, comprar predios y programar frentes de obra por tramos.

La alcaldesa Jeimmy Villamil Buitrago resume el anhelo: que la Avenida La Esperanza se extienda hasta la perimetral de Funza y recorte los recorridos diarios. Para miles de familias, el corredor representa minutos ganados a la semana y menos estrés en hora pico.

En los barrios, la conversación ya no es solo “¿a qué hora salgo?”, sino “¿por dónde será más seguro?”. Andenes anchos, cruces protegidos y una ciclorruta continua responden a esa pregunta.

Organizaciones de ciclistas aplauden que la ciclorruta sea de tres metros y que exista continuidad con redes locales. Transportadores piden que las obras se programen por fases, para evitar cierres prolongados y desvíos confusos.

Ambientalistas observan con lupa los intercambios del río y el humedal Gualí. Piden revegetalización nativa, monitoreo de fauna y drenajes que respeten la ronda hídrica. La pedagogía y el control serán tan necesarios como el pavimento.

Si el corredor cumple lo que promete, miles de personas como Lizeth ganarán tiempo y seguridad. La clave estará en diseñar con cuidado cada cruce y proteger los ecosistemas.

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