Estudiantes y colegas exigen su liberación.

En Uribia, el día empezó más temprano de lo habitual. Antes del primer sol, vecinos y maestros ya sabían: Janeth Rocío Osorio, profesora de la Institución Etnoeducativa Isidro Ibarra Fernández, había sido secuestrada. El rumor se convirtió en comunicado oficial del Ministerio de Educación, que reclamó su liberación inmediata. 

En la escuela, sus estudiantes preguntan por “la profe”. Compañeros de aula y familias sostienen que su ausencia se siente en los pasillos, donde la docencia va más allá de los cuadernos: es acompañamiento, escucha y esperanza para muchos niños y niñas de las rancherías cercanas.

El Ministerio calificó el secuestro como una grave vulneración y llamó a coordinar esfuerzos entre Fiscalía y Policía. En Uribia, donde las distancias y el desierto marcan el ritmo de la vida, la noticia caló hondo. 

“La necesitamos de vuelta”, repiten colegas que, entre clases y traslados, conocen bien lo que implica enseñar en territorio. El miedo no puede ocupar la silla del docente.

Organizaciones locales y autoridades indígenas se unieron al pedido: proteger a quienes enseñan es proteger el futuro de la región. En La Guajira, la escuela es punto de encuentro y refugio para muchas familias. 

Mientras avanzan las pesquisas, la comunidad aporta información y acompaña a la familia. La Policía y la Fiscalía activaron rutas y canales de atención; se insiste en cualquier dato que ayude a ubicar a la docente. 

En medio del desierto y la brisa, Uribia organiza vigilias y mensajes. Las voces coinciden: “La vida y la educación se respetan”.

El Ministerio reiteró que la investigación debe llegar a responsables y determinadores, y que la seguridad de los maestros es prioridad nacional. 

Uribia espera la misma lección que enseñó Janeth: que el diálogo y el cuidado transforman. El regreso de la maestra será también el regreso de la calma al aula. 

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