Detrás del robo, un mercado de piezas que no se detiene.

A Juan* le robaron el carro en Puente Aranda frente a un local. Alcanzó a ver cómo dos hombres armados lo arrinconaban, se subían al vehículo y escapaban. Denunció de inmediato. Un equipo de la Policía Judicial lo rastreó hasta un parqueadero de la zona. Lo recuperó. Días después le contaron que el detenido había quedado libre.

Historias como la de Juan se repiten en Bogotá. En promedio, cada día se hurtan más de 11 carros y 15 motos. En 2025, las denuncias por robo de carros han caído 24% y las de motos 17%, pero el ciclo persiste: siete de cada diez capturados recuperan la libertad. En noviembre, 48 personas fueron detenidas y se devolvieron 43 automotores a sus dueños.

Los operativos se concentran en corredores críticos, bahías y parqueaderos. En Rafael Uribe, un vigilante fue amordazado y engañado para sacar cinco carros; cuatro se recuperaron con un plan candado activado por el aviso vecinal. En Barrios Unidos, un conductor fue intimidado cuando llegaba a casa; el automotor apareció horas después.

Detrás del hurto hay bandas especializadas. “Altagama”, “Platinos” y “The Trucks” operaban con roles definidos: marcadores, conductores, bodegueros y receptadores de autopartes. La Policía las golpeó, pero la economía del despiece encuentra nuevas manos si el mercado de piezas robadas sigue abierto.

La Fiscalía y la Secretaría de Seguridad insisten en la denuncia oportuna y en fortalecer la prueba digital: cámaras, lectores de placas, análisis de IMEI y rastreo de ECU. En paralelo, piden revisar el marco legal. Si el eslabón de la receptación no se judicializa con contundencia, el ladrón vuelve a la calle y el ciclo se repite.

Los talleres legales reclaman controles a quienes compran repuestos sin factura. Las aseguradoras promueven inmovilizadores y parqueaderos formales para reducir riesgos. Los conductores, por su parte, aprenden a blindar su rutina: llaves lejos de puertas, bloqueos OBD, y cero publicaciones de recorridos en redes.

Las cifras muestran zonas donde el hurto cede: La Candelaria, Los Mártires, Antonio Nariño, Kennedy y Usaquén. Allí, la mezcla de prevención situacional y acción judicial dio respiro. En otras, la presión se traslada cuando se endurece el control.

Juan recuperó su carro, pero no la certeza de justicia. “Me lo devolvieron, sí, pero mañana pueden volver”, dice. Su historia resume la tensión entre capturas y libertad, entre golpes a bandas y un mercado que no se apaga.

Colectivos de víctimas piden audiencias públicas y un registro abierto de talleres sancionados por receptación. Comerciantes formales de repuestos temen la competencia desleal de piezas robadas.

El Distrito promete operativos sostenidos y un paquete de medidas: trazabilidad de autopartes, investigación patrimonial y controles a parqueaderos. Sin esto, advierten, los picos de hurto volverán.

La capital avanza, pero la impunidad frena la sensación de seguridad. El reto no es solo recuperar vehículos: es apagar la demanda que alimenta el delito.

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