Una pasajera no volvió; varios heridos buscan respuestas.
A las 12:45 a. m., la ciudad hablaba en murmullos: motores lejanos, un semáforo que tarda, un taxi con una pasajera que quería llegar pronto. En la calle 3 con carrera 36, las luces formaban una fila quieta. Dicen que la camioneta venía sin aviso. El golpe fue seco; luego los gritos, el correr de pasos, el llamado a emergencias.
Los videos del vecindario muestran el destello metálico del impacto. Quedaron vidrios, cascos movidos de lugar y puertas trabadas. Los primeros en llegar fueron otros conductores; luego la Policía, una ambulancia, otra más. Alguien preguntó por una mujer. La respuesta fue un silencio largo.
La víctima iba de pasajera; nunca conducía su destino, pero lo habitaba. El taxista intentó explicar la secuencia, el motociclista señalaba su hombro, la madrugada se volvió un reloj sin manecillas. En medio del caos, los agentes delimitaron la escena y comenzaron a medir distancias y huellas.
El rumor creció: “¿venía tomada?”; la ley responde con procedimientos, no con rumores. La conductora está bajo investigación por presunta embriaguez. Una cifra en un dispositivo dirá si el alcohol tuvo parte. La fiscalía y los peritos, con paciencia, traducirán lo que pasó.
Cada choque múltiple tiene su geometría: quién golpeó a quién primero, qué velocidad, qué ángulo. En una ciudad que de día avanza a paso corto, la madrugada puede ser una promesa de atajos. A veces, esa promesa engaña. La energía del impacto no entiende excusas.
Puente Aranda conoce de trasnochos: fábricas que no apagan, rutas de reparto, andenes que huelen a metal. Por eso, cuando amanece, los vecinos quieren respuestas y soluciones: más controles, más luz, más presencia. Preguntan si las campañas sirven, si la gente escucha.
Las cifras dicen que la violencia vial no es accidente; es previsible y prevenible. Con cinturón abrochado, conductor elegido, velocidad contenida, la historia casi siempre cambia. En Bogotá hay semáforos que parecen eternos, pero ningún minuto vale una vida.
El caso seguirá su curso judicial. Los talleres arreglarán latas, las aseguradoras harán cuentas. Lo irrecuperable, en cambio, no tiene trámite. Queda una silla vacía y un trayecto incompleto. Y la ciudad, una vez más, con la tarea pendiente de cuidarnos.
Las autoridades prometen más controles. Tal vez la respuesta también esté en la calle: en esa decisión temporal de no manejar si bebiste, de aceptar que la noche no perdona errores.
