La historia que reaviva alertas para turistas en la Zona Sur.

Cameron caminó entre risas y música por Ipanema cuando dos hombres se acercaron con charla fácil y un vaso brillante de hielo. No recuerda el momento exacto en que la amabilidad se volvió niebla. Solo que aceptó una bebida, que la calle parecía segura, que Río había sido su casa desde febrero. Dos días después, despertó en Copacabana. Desnudo. Desorientado. Sin US$3.000 ni teléfono. 

Su relato —publicado en redes— dibuja el guion de la sumisión química: una dosis en el bar, otra “final” ya en su apartamento, y el apagón. La policía registró el caso como “robo con alteración de conciencia por sustancia psicoactiva”, la modalidad que en Brasil llaman “Buenas noches, Cenicienta”.

La 12ª Comisaría de Copacabana investiga y ya tiene a un sospechoso con orden de arresto previa por un expediente similar. Cameron, entre tanto, debió viajar a Los Ángeles para recuperar el control de sus cuentas y medir el daño. “Me sentí como si me hubiera atropellado un bus”, dijo. 

En las noches de verano, el pavimento ondulado de Copacabana brilla como una promesa. También es el escenario donde bandas cazan soledades distraídas. Un vaso nunca llevado por la propia mano —advierten las guías— puede ser una puerta abierta: al robo, a la violencia, al silencio.

Barra, Lapa, Ipanema: nombres que suenan a viaje y fiesta. En sus barras, algunos meseros ya reconocen miradas urgentes de quien busca ayuda para un amigo que se desploma. En sus patrullas, agentes se reparten imágenes de cámaras y capturas de pantalla con rostros aún sin nombre. 

La historia de Cameron se suma a muchas otras que rara vez llegan a los diarios. Por eso, colectivos ciudadanos piden campañas de prevención, protocolos en bares y atención médica inmediata para quienes sospechen de sumisión química.

La policía repite la consigna: denunciar, documentar, atenderse. Para Cameron, el camino será también psicológico: poner palabras donde antes hubo una noche en blanco; decir “no fue culpa mía”; volver a salir sin mirar todas las manos como una amenaza.

Residentes y comerciantes de la Zona Sur reclaman vigilancia focalizada en corredores nocturnos y cooperación entre bares, edificios y policía para cerrar brechas. Operadores turísticos temen que el caso impacte reservas, pero confían en medidas rápidas para preservar la temporada alta.

Organizaciones de apoyo a víctimas insisten en acompañamiento integral y en campañas que normalicen pedir ayuda sin vergüenza. La prevención, dicen, también es cultural.

Cameron decidió contar su historia para que otros no atraviesen la misma oscuridad. La justicia tendrá ahora la palabra.

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