Debate nacional por la justificación del Gobierno.

La noticia llegó primero por mensajes cortos y confusos: un bombardeo contra las disidencias en Guaviare. Luego, confirmaciones fragmentadas: allí había menores reclutados. En las veredas, el sonido se pareció a otros que la selva ya conocía; en los hogares, el silencio se hizo más largo que la noche.

Las cifras comenzaron a ubicarse con dolor: seis, dijo la Defensoría del Pueblo. Siete, precisó Medicina Legal. En redes sociales, la explicación del presidente —evitar una emboscada contra soldados— encendió discusiones viejas y nuevas: ¿cuándo la guerra se detiene ante la vida de un niño?

 Las familias piden nombres, fechas y verdad. Preguntan por protocolos, por alertas que no llegaron y por decisiones que dejaron sillas vacías. En los caseríos, los líderes recuerdan amenazas, reclutamientos y advertencias que no bastaron.

 La defensora Iris Marín reclamó respeto a los principios del DIH: distinción y proporcionalidad. Pidió investigar y reparar. Sobre la mesa quedó la pregunta de siempre: ¿cómo operar cuando la niñez está en medio?

En Bogotá, políticos y opinadores cruzaron acusaciones de incoherencia con el Gobierno. En Guaviare, la gente habló de miedos antiguos, de rutas fluviales donde se mueven armados, de disputas que han dejado fosas y emboscadas.

Fuentes oficiales sostienen que la operación siguió estándares del DIH y golpeó un objetivo legítimo. Expertos responden que cuando hay sospecha de menores, la inteligencia debe forzar el margen de error a casi cero o cambiar el plan.

Cada caso como este deja cicatrices y lecciones. Hay quienes piden auditorías externas, publicar reglas de enfrentamiento y ajustar tecnologías para reconocer presencia infantil antes del disparo final.

 El país reclama explicaciones completas y un acompañamiento psicosocial para las familias. Entes de control y justicia podrían abrir investigaciones y exigir informes técnicos que aclaren la proporcionalidad del ataque.

Quizá la paz empiece cuando los niños dejen de estar en los campamentos y cuando el Estado logre protegerlos sin matarlos. Hasta entonces, Guaviare nos recuerda que no hay victoria en la guerra que aguante una infancia perdida. 

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