El blindaje resistió al menos una decena de disparos.
El ruido seco de las balas partió en la mañana. A bordo de una camioneta blindada, el gobernador Renson Jesús Martínez y su equipo cruzaban un caserío de Tame cuando aparecieron los primeros fogonazos. “Nos acaban de atacar”, dijo después, ya a salvo, en un video corto y entrecortado por el nervio. La estación de Policía de Tame sería el primer refugio.
Los escoltas respondieron y el blindaje aguantó. “Un tiro más y matan al conductor”, alcanzó a decir el mandatario cuando por fin se escuchó a sí mismo. El tablero vibraba; los vidrios, marcados por la metralla. En la vía Fortul–Tame, ruta castigada por la guerra, el grupo intentó ganar segundos.
La huida fue torpe y urgente: con las llantas destruidas, la camioneta avanzó “en rines” hasta donde ya no pudo más. Entonces, el equipo abandonó el vehículo y se subió a otro. A esa hora, el gobernador no pensaba en discursos: pensaba en llegar vivo.
En el puente Tamacay se había desatado todo. Luego vendría el helicóptero del Ejército, el traslado a la capital y el consejo de seguridad. Pero, en el terreno, quedó el recordatorio de una guerra que no siempre se ve, aunque casi siempre se siente.
La Policía señaló al ELN en las primeras horas y prometió persecución. Los viejos nombres del conflicto —ELN, disidencias— siguen disputando la franja que parte a la región y la vida cotidiana: extorsión, secuestros, bloqueos. La Defensoría lo había advertido.
Vecinos de Tame hablan de corredores silenciosos y comercios que bajan la reja temprano. El atentado al gobernador no solo toca a un funcionario: sacude la normalidad de quien debe salir cada día a la carretera. Esa rutina también quedó perforada.
La condena fue unánime y el mensaje, claro: reforzar la seguridad de autoridades y asegurar las rutas. Mientras avanza la investigación, el reto es que el miedo no cierre del todo los caminos.
Para las comunidades, cada nuevo hecho encarece la vida y rompe la movilidad. La promesa oficial es permanencia y controles que permitan volver a los mercados, a la escuela, al hospital sin sobresaltos. La historia de hoy termina sin muertos, pero no sin heridas: las del metal y las del ánimo. Arauca necesita rutas seguras y confianza. Hasta entonces, cada viaje será una apuesta.
