Protagonistas, mensajes y tiempos de una semana agitada.

La foto llegó desde Taipéi: banderas taiwanesas al fondo, sonrisas y apretones de mano. Eran congresistas colombianos, orgullosos de su “agenda de cooperación”. En Bogotá, el eco fue inmediato. La Cancillería recordó que Colombia reconoce “una sola China” y negó que hubiera planes para abrir una oficina en la isla. Horas después, el viaje de Gustavo Petro a Beijing dejó de estar en el calendario de diciembre. 

En Palacio, el ajuste se comunicó como un asunto de agenda. Puertas adentro, el mensaje fue claro: con China no se juegan los símbolos. La visita se reprograma para el primer trimestre de 2026, con el reto de recomponer silencios, prioridades y expectativas.

Los legisladores defendieron su gira: “buscar oportunidades” en tecnología, agro y educación. Aseguraron que no representan la política exterior del Estado. Sus vocerías prendieron el debate en redes y pusieron a Cancillería a desactivar versiones sobre una “oficina” en Taipéi. 

El comunicado ministerial apeló a la continuidad: 45 años de relación con la República Popular China bajo la consigna de “una sola China”. La doctrina, técnica y sobria, sonó tajante en un país donde la política exterior suele ir por carriles discretos.

No era un vínculo cualquiera el que estaba en juego. En mayo, Petro y Xi Jinping habían sellado un plan de trabajo dentro de la Franja y la Ruta. En el Gran Salón del Pueblo, las banderas y los acuerdos apuntaban a una agenda robusta de comercio e inversión. 

El ruido por Taiwán combinó símbolos y tiempos. Para Beijing, los gestos hacia la isla tienen lectura política; para Bogotá, la prioridad era no contaminar un expediente que promete obras e intercambio. En el medio, el Congreso —autónomo y bullicioso— probó sus límites. 

El anuncio del aplazamiento desinfló las reservas aéreas, cambió agendas empresariales y dejó a los equipos técnicos con carpetas por reordenar. Las conversaciones seguirán, pero sin foto de cierre este año. 

En Taipéi, la visita fue un triunfo de relaciones públicas: comunicados, fotos y cobertura en medios locales. En Bogotá, la prioridad fue reafirmar la línea de siempre y recordar que las llaves de la política exterior están en la Casa de Nariño y la Cancillería. 

El 2026 abre otra oportunidad. Con el polvo bajando, el Gobierno buscará que el viaje retome su espíritu original: sumar proyectos visibles y ampliar mercados para la oferta colombiana en China.

En redes, hubo reproches cruzados: unos celebraron el ahorro del viaje; otros acusaron “usurpación de funciones”. La política colombiana, de nuevo, se proyectó al escenario internacional. 

Para el sector privado, el mensaje es de prudencia: la agenda con China sigue, pero los tiempos cambiaron. La Cancillería tomará nota para ajustar los protocolos con misiones legislativas y evitar nuevas interferencias.

En diplomacia, una foto puede acelerar acuerdos o frenarlos. Esta vez los protocolos hablaron más que los discursos. Con la brújula recalibrada, Colombia y China volverán a verse en 2026 para medir si la relación quedó intacta.

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