La detonación no dejó víctimas, pero sí noches en vela.

En Arauquita, el ruido del río suele tapar los motores nocturnos. A las 4:30 de la tarde del 22 de noviembre, el sonido que mandó fue otro: la detonación de un “tatuco” lanzado contra el Batallón de Energía y Vías N.º 1. No hubo heridos, reportó el Ejército, pero sí ventanas vibrando y mensajes cruzados: “¿Están bien?”. 

Hace cinco días, una camioneta militar había sido rafagueada en plena vía: diez impactos y cuatro uniformados heridos que terminaron en Yopal. Nadie firma los ataques; las pesquisas miran al ELN. El pueblo, a falta de certezas, se aferra a la rutina: cerrar temprano, revisar rutas de regreso, esperar. 

En los barrios cercanos a la base, madres contaron que los niños se tiraron al piso por instinto. Comerciantes ajustaron horarios y la iglesia abrió sus puertas para orar y escuchar. La detonación, dicen, se sintió “como un portazo gigante” detrás de la casa. 

Arauquita conoce el miedo. En la ribera, donde el Arauca dibuja la frontera, la vida y la guerra se encuentran demasiado seguido. El Batallón protege corredores energéticos y viales, blanco de quien busca demostrar fuerza sin librar batallas prolongadas. 

En el municipio, las escuelas repasaron protocolos de autoprotección y los líderes comunitarios activaron cadenas de información verificada para evitar rumores. La Defensoría y entes de salud recibieron alertas por ansiedad y trastornos del sueño en niños y adultos mayores. (Ver mapas y fotos del territorio). 

Nadie quiere acostumbrarse. A los viejos del lugar les preocupa que los ataques regresen a los tiempos de toques de queda de facto. A los jóvenes, que emigrar sea la única opción. “Solo pedimos que no nos dejen solos”, dice una vecina que prefiere no dar su nombre. 

Desde Bogotá, el Gobierno alterna diálogo y operaciones contra disidencias; el presidente ha reconocido al menos 12 ataques en su mandato. Aquí, en Arauquita, esa estadística se siente en cada patrulla y en el miedo a que el siguiente golpe ocurra más cerca. 

El Ejército reforzó anillos de seguridad y pidió información ciudadana. La Fiscalía recopila cámaras y testimonios para armar la cronología: de dónde salió el artefacto, quién lo transportó, quién dio la orden. La población, mientras tanto, intenta retomar el domingo. 

Autoridades locales condenaron el hecho y pidieron respeto al DIH. Organizaciones sociales, por su parte, solicitaron acompañamiento psicosocial y protección para líderes y docentes, ante el temor de nuevas noches de sobresaltos. 

Expertos advierten que, de confirmarse la participación del ELN, podrían venir nuevos hostigamientos. La clave, dicen, será judicializar a los autores materiales y cortar su logística sin agravar el riesgo a la ciudadanía. 

Arauquita suma otra página a su memoria reciente. El eco del explosivo se irá; queda el trabajo de reparar la calma. 

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