La Defensoría habló de seis menores fallecidos; el Gobierno defendió el operativo.
La noticia viajó más rápido que el sol en Guaviare. En la madrugada, el eco de un bombardeo rompió el bosque; en la tarde, el país ya discutía si la operación protegió a 20 soldados o quebró su promesa de paz. El presidente Gustavo Petro defendió la orden como una decisión límite. “Era eso o permitir una emboscada”.
Desde Bogotá, la representante Cathy Juvinao lanzó la primera piedra. Denunció que el Estado Mayor Central se robusteció durante el actual gobierno y acusó al Presidente de justificar acciones que, según dijo, habían cobrado la vida de menores. La réplica no tardó y el cruce de mensajes encendió titulares.
En el terreno, el cálculo fue de minutos. Inteligencia advirtió que 150 hombres se movían en formación por la selva. La cadena de mando evaluó distancias, cobertura vegetal, vientos y reglas de enfrentamiento. El ataque se autorizó. Más tarde, vendrían las cifras y la disputa por su sentido político.
La Defensoría del Pueblo reportó que, entre los muertos, habría seis menores reclutados. Las palabras se hicieron pesadas: proporcionalidad, precaución, verificación. Cada vocablo traía consigo historias de familias y comunidades que viven hace décadas entre la guerra y la ausencia del Estado.
El Gobierno intentó recordar que en El Plateado recuperó terreno y que la paz no es ausencia de operaciones, sino acompañamiento social con autoridad efectiva. Los críticos hablaron de improvisación, de señales contradictorias y de un enemigo que aprovecha treguas y vacíos.
En Guaviare, ríos serpentean entre veredas donde la economía se mira en coca y ganado. La escuela compite con el reclutamiento y la selva protege a todos, también a quienes la usan de refugio. Allí, cada decisión desde Bogotá tiene rostro y consecuencias.
Juvinao amplificó su cuestionamiento, y la oposición pidió citar al ministro de Defensa para explicar cada fase del operativo. Organizaciones civiles pidieron datos verificables y una ruta de atención a las víctimas.
Los próximos días traerán informes, debates y quizá nuevas órdenes. En Colombia, la paz se escribe entre selvas y congresos; a veces con acuerdos, otras con ráfagas. Lo que ocurrió en Guaviare recuerda que el fin de la guerra no llega con un tuit ni con un bombardeo.
