Comerciantes, familias y estudiantes, entre la incertidumbre y el miedo.
En Tame, Arauca, el rumor corrió más rápido que el tráfico de la mañana: cinco militares fueron secuestrados en la zona rural. En el parque principal, algunos bajaron la voz al responder el teléfono; otros escribieron mensajes breves, con la esperanza de una noticia mejor.
La frontera impone su propio pulso: controles, puertas entreabiertas, madres a la espera de una llamada. “Que regresen con vida”, pide un comerciante que ha visto pasar patrullas y retenes desde hace años, desde que el ELN y las disidencias marcaron la rutina de este territorio.
Cuentan que los uniformados se movían por un corredor vial cuando hombres armados los interceptaron. En Tame, la gente habla de veredas y atajos, de carreteras que de noche son otra cosa. La confirmación oficial llegó, pero con datos en verificación.
“Que no haya más violencia”, dice una docente que reorganizó su clase. En esta esquina de la Orinoquia, el río Arauca recuerda que, del otro lado, la vida sigue, pero a veces la frontera se ensancha.
En los grupos de chat, los mensajes piden discreción y prudencia; se habla de protocolos y de respetar el DIH. La Defensoría y la Iglesia suelen acompañar esos llamados, intentando que esta vez no sea la excepción.
Quienes han vivido aquí saben que, cuando hay secuestrados, el tiempo se vuelve pesado. Cada rumor de helicóptero es una promesa; cada silencio, una duda. En la carretera, los puestos de control hacen más lenta la jornada.
La memoria reciente de Colombia registra retenciones masivas de militares en otras regiones; historias que comenzaron igual: una patrulla, una comunidad o un grupo armado, y un país en vilo. Tame intenta que esta no sea otra historia larga.
Desde Arauca, autoridades locales expresan rechazo y piden respeto por la vida de los retenidos. En Bogotá, se prepara un pronunciamiento y la coordinación de un dispositivo de búsqueda que llegue sin agravar la situación de las veredas.
Familias de uniformados piden información verificada y acompañamiento psicosocial. La comunidad insiste en que se garanticen derechos de campesinos y transportadores durante los operativos.
En Tame cae la tarde y el río sigue corriendo. La esperanza es que los cinco militares vuelvan a casa y que la vida cotidiana recupere su pulso.
